Pontevedra da de beber

SOCIEDAD

DESDE PONTEVEDRA

15 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

«Pontevedra é boa vila, dá de beber a quen pasa, a fonte da Ferrería, San Bartolomé na praza...». San Bartolomé y Santa María, la Virgen de la Peregrina y las ruinas de Santo Domingo, la zona monumental, sin desperdicio, dios mío qué plazoletas!, Feijoo, Sarmiento, el Museo Provincial, el Gremio de Mareantes, Paio Gómez, el baño de la Historia, sus muertos, la otra dimensión, la vida, las últimas chiquitas, La Manchega, la fuente nueva y su juego del ratón, el chino torero, la historia pequeña de los camarones gigantes, la polémica de la peatonalización... Ayer Pontevedra estaba como mejor se la ve, vacía. La noche anterior, en el viaje desde O Grove, con un retraso de una hora por culpa de una niebla marítima que colapsó la carretera más turística de Galicia, el conductor de La Unión amortiguó el mal humor de sus pasajeros con un retruque descarado: «¿A Pontevedra? Se hai que ir se vai». Hubo que explicarles a los turistas que se trataba de la confirmación a la gallega de que efectivamente el autocar se dirigía a la ciudad. «Ah, qué gracioso», comentó una chica vasca. «Gracioso si, pero mañá vai chover e xa verás que gracia che fai», siguió el chofer con acento en la e (así lo pronuncian los conductores de oficio, los auténticos, así lo decía Pepe Suárez, el mejor chofer). El caso es que el de La Unión se equivocó. Ayer no llovió en Pontevedra, y el festivo de todas las marías, el puente que le sigue y el día de sol mandaron lejos a muchos de los que aquí se quedan a veranear en la Ferrería. Llegaron, ésos siempre llegan, los turistas del Baby Tren, un convoy chucuchú de colores rojo y verde que recorre las calles de la zona vieja, bonitas o feas (no dio tiempo a la reflexión), pero en principio bonitas después del veto automovilístico decretado por el señor Fernández Lores. Así estaba la ciudad. La feria taurina y el baile del Casino, esa reliquia social con sus chicas puestas de largo, ya habían pasado. Las fiestas de la Peregrina entraban en su recta final. A las dos de la tarde, la terraza del Savoy hervía de señorío. Hubo que cruzar al Carabela, otro que tal baila, sin imaginar que este día perdido iba a recibir una buena orientación: el encuentro con el vampiro, Rafael Pintos, Vladimir, una institución, elegante como cada día, alejado del sol, blanco inmaculado, corbata de lazo, anillo violeta, nostálgico, romántico, antiamericano. -¿Me puedo sentar? -Será un placer. Lo fue. Desde el exquisito besamanos del saludo inicial hasta la promesa de la despedida: hacer de guía por el viejo cementerio de San Mauro. Desde Baudelaire y El cuervo de Allan Poe hasta su poemas nocturnos, su canción ligera Paca te clavé la estaca, ligerísima, su recomendación: «Hay una gárgola en Santa María que tiene en su centro una estrella. Búscala». No estaba. La única estrella de Santa María fue la que protegió a un turista empeñado en hacer payasadas montado sobre unos zancos. Iba de juegos tradicionales y la chica del tenderete no lo podía soltar. Se caería. Pero él estaba seguro. No le bastaba con que se enterase su novia, toda la ría se enteró, y camino de Michelena aún resonaba su voz. «¡Tranquilos, el gran Arturo os va a dedicar una canción! ¡Tranquilos!». Y la chica, cada vez más forzuda. En Michelena, un libro de submarinos en Fisterra del agrado de Paco Vázquez. En el Parvadas, un taza de vino a granel, de los pocos que quedan. Pontevedra da de beber.