La cima de O Castro explica el pasado y el presente de O Grove. La leyenda cuenta que en una higuera del monte apareció colgado O Meco, un cura odiado en toda la comarca, y que a la pregunta del juez «¿Quen matou ao Meco?» se oyó responder a una sola voz: «¡Matámolo todos!». Y ya no hubo sentencia. Como ahora. ¿Quién destrozó el pueblo de O Grove? Todos. Ayer reventaba de portugueses y vascos, y donde la edificación masiva dejó espacio para aceras, éste apareció cegado por terrazas, menús y gigantes percheros con gaitas diminutas y otros recuerdos de la Galicia minúscula. Los conductores tienen dos opciones, guiarse por las señales reglamentarias o por otras de igual forma y ubicación: Fotografía Jorge, Supermercado Consum... No muy lejos, en el exclusivo San Vicente do Mar, pasa el verano Xosé Cuíña, el hombre que se anticipó al derrumbe del puente de A Toxa y el que suspendió las normas urbanísticas. Por aquel entonces, altos directivos gallegos ya habían obtenido licencia para levantar sus chalets en A Toxa e igual suerte tuvieron decenas de constructores y particulares que hoy se frotan las manos a la vista de su admirable sentido de la adivinación. Hay colas para edificar. Y para comer, para dormir, para tomar café. Hay colas en todos los sitios menos en el Goleta, un bar de toda la vida situado en la fachada que da a la isla del Gran Hotel. Allí no hay colas porque en la parcela adyacente construyen un edificio con dos plantas de sótano y, dicen que para aprovechar la piedra, en lugar de excavar con barrenos lo hacen por el método antiguo del taladro vibrador. No hay quien pare. El hostelero se pregunta «cómo un pueblo que presume de ser excelencia turística permite esto en pleno agosto». Y los clientes le dan la razón, salen y al pasar por la obra ponen cara de perro, pero volver no vuelven. O Grove es contradictorio. Como todos. Se come bárbaro, pero también se protesta por el mal estado de las zamburiñas. Los hosteleros se quejan del efecto euro, pero los locales están abarrotados. En el muelle hay un barco de vapor de 1901 que fue aljibe del puerto de Vigo, iba al desguace, nadie lo quería, pero un señor lo salvó y ahora lo ponen verde porque quiere instalarle una vela. En la terraza del club de golf de A Toxa una señora igualita a Doris Day (en Espasante había un navarro clavado a Cruyff) se lamentaba de que no le tocase nada en el sorteo de consolación que siguió a la entrega de premios del torneo Érguete. Había quedado dos bajo par y llevaba un Cartier en la muñeca, pero el reloj debía de ser de mentira. Iban cantando los nombres de los agraciados y ella suspiraba: «¡Qué horror, es que no me toca nada! ¡A ver si en el sorteo de la Once del día 15!». Llevaba un cabreo descomunal. Las collareiras de la isla, en cambio, se lo toman con calma. «Nada filliña, co euro non vendemos nada, este é o ano da Unisé ». La isla es una mezcla de turistas de bocadillo comprando pastillas de jabón, jovencitos grabando sus nombres en las conchas de la capilla, y conductores de Jaguar recibiendo masajes al alga marina. Y son las vendedoras, de nuevo, quienes sacan la punta en A Toxa: «Antes eran as bestas as que se emborcallaban na lama, dino as lendas, por iso fixeron o balneario, porque descubriron que era moi bo para a pel. E agora van os ricos, bueno, disque son ricos, porque os cartiños non se lles ven».