La cara oculta del payaso

David Gippini SANTIAGO

SOCIEDAD

13 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Steve Martin es el mejor ejemplo de que las apariencias engañan. Porque, la verdad, pocos podrían pensar que este cómico con fama de cargante podía albergar un alma sensible, capaz de interesarse por el arte, de cultivar el canto y la música o de escribir novelas con notable aceptación entre la crítica. Y es que Steve Martin es, ante todo, un artista polifacético. Nacido en la localidad tejana de Walco en 1945, Martin se crió en Los Ángeles, todo un indicio de que su futuro estaría vinculado al mundo del espectáculo. Y así fue: tras estudiar teatro en la Universidad de California, Martin inició en los años setenta una carrera como guionista de televisión que le llevó a ganar un Emmy. Muy pronto pasó al otro lado de la pantalla para triunfar en programas como el mítico Saturday Night Live , junto a figuras como Dan Aykroyd, John Belushi o Chevy Chase. Como ellos, Martin cultiva un humor que arrasa en Estados Unidos, pero que pierde efectividad en Europa. No importa: en Hollywood es una megaestrella, una garantía para la taquilla. De hecho, tiene carta blanca para hacer lo que le venga en gana: ha dirigido varias películas, ha escrito sus propios guiones e incluso se ha producido a sí mismo. Además, también es un buen cantante, con dos premios Grammy a sus espaldas y ha sido nominado al Oscar a la mejor dirección de cortometrajes. Pero Martin aspira a algo más. Harto de su reputación de payaso, ha intervenido en un par de películas dramáticas ( Grand Canyon, The Spanish Prisoner ) con la intención de ampliar su registro. Pero el público lo tiene claro y parece preferir la vena cómica del actor del pelo blanco. Por eso, Martin se refugia en su colección de arte, que empezó hace treinta años «para tener cosas bonitas colgadas de las paredes». Hoy, como coleccionista, goza del respeto que muchos le niegan como actor.