Son ejemplares únicos en su especie. Caballeros durante cuatro horas hasta que se despierta el cefalópodo que llevan dentro. Espeluznante
10 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.O Grove resultó ser perfecto para irse de copas un domingo por la noche. Poca gente, pubs ideales y un grupo de alumnos de una escuela de idiomas acompañados por su profesor. Fue éste el que se acercó a nosotras con una frase que, ingenuas, creímos: ¿Sois del curso? Aclarado el malentendido y tras un pequeño interrogatorio, este ovetense que llevaba tres años viajando por Europa nos propuso irnos de copas con él y uno de sus alumnos. A eso íbamos, así que no lo dudamos. Al final acabamos siendo ocho en el piso superior de un local. La conversación giró todo el tiempo sobre la necesidad que tenían en el curso de un par de gallegas que conociesen el territorio, así como de las fiestas que les recomendábamos para visitar este verano. Hasta ahora todo perfecto. Si el profe ovetense era el más adulador, la simpatía se la llevaba Martín, uno de los alumnos veteranos, que añadía además unos ojos azules en los que perderse sin miedo a ahogarse. Uno a uno fueron cayendo todos hasta quedar sólo tres, y nosotras dos, por supuesto. O Grove a esas horas decaía ya en picado, por lo que su intención de llevarnos de copas se limitó a dos locales en los que literalmente nos apagaron las luces nada más entrar. Pero quedaba Soul, un garito no tan encantador pero en el que todavía pululaban amantes de la noche. Allí nos metimos los cinco dispuestos a bailar salsa hasta el amanecer. Pero hete aquí que como si sonaran las campanadas de medianoche comenzó la transformación. Aunque éramos impares, en dos minutos nos vimos bailando en pareja _a mi me tocó el simpático y a mi amiga el profe_, mientras el tercero en discordia optaba por un discreto segundo plano. Mientras trataba de que mi compañero de baile mantuviese sus manos en un ángulo razonable, no podía sacar los ojos del meneíto que el ovetense le estaba dando a Lucía: le faltó poco para echarse a correr mientras intentaba frenar las decenas de tentáculos que le habían salido al monitor, que además insistía en camelarla en italiano. Aunque Martín guardaba un poco más las distancias y por lo menos le ponía gracia al asunto, nunca había sido protagonista de un acoso y derribo semejante. Ni que decir tiene que fue Lucía la que decidió huir de allí (yo capeaba bien el temporal y el chico sabía hacerme reir). Al final nos acompañaron a coger un taxi y acabamos felicitándolos por la técnica desplegada. Casi... decía Martín. Casi, majete. En otra ocasión será.