EL OXÍGENO DE LA DEMOCRACIA

La Voz

SOCIEDAD

Quien lea completa esta página puede quedarse con la impresión de que el periodismo es una profesión muy arriesgada. Bueno, a veces lo es. Pero no más que ir a pescar al Gran Sol o trabajar en un andamio a veinte metros de altura. Lo que hace singular la estadística negra de los reporteros no es la cantidad de casos, sino la causa de éstos. Prácticamente, siempre es la misma: amordazar a quienes tienen la obligación de descubrir ante los ciudadanos lo que se perpetra contra ellos. Nada enaltece más el trabajo de los periodistas que su deber de informar. Y pocas cosas son más irrenunciables para los hombres libres que el derecho a conocer lo que pasa. Por eso crece en las redacciones la rebeldía contra los efectos perniciosos del Once de Septiembre. Ya son dos: aprovechar la lucha contra el terrorismo para justificar cualquier aberración (Guantánamo, Jenin...), y utilizar como coartada las altas razones de seguridad para estrangular derechos civiles y libertades públicas. (Ahora, Le Pen ha añadido uno nuevo: el fantasma de la intransigencia y la xenofobia que recorre Europa.) Contra todas esas epidemias de intoxicación ciudadana existe la vacuna de la prensa libre. Es un gran invento. No porque dé alas a los periodistas, sino porque da oxígeno a los ciudadanos.