La ciudad invisible de los «sin techo»

MANU MEDIAVILLA MADRID

SOCIEDAD

VITOR MEJUTO

Cáritas reclamó ayer, con el lema «¿Hasta cuando con este plan?», un programa estatal de ayuda a los 30.000 españoles afectados

25 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

«Cada día que te despiertas, te sientes un escalón más abajo», se autorretrata una persona sin hogar. «La mayor satisfacción es ver a gente que de un año a otro va mejor», confiesa un joven voluntario que trabaja con los sin techo, a pie de calle. Dos pinceladas que dibujan en un momento la profundidad del problema: la extrema exclusión social aplasta, degrada, hunde en el pozo cotidianamente, jornada a jornada; la recuperación, la reinserción social, la subida de los escalones bajados sólo es posible a fuerza de tiempo, de paciencia, de continuidad. «Los resultados se ven a muy, muy largo plazo: si piensas cambiar esa realidad en un día, mejor que te dediques a otra cosa», remacha José Aniorte, voluntario de Solidarios para el Desarrollo. En España, el cada vez más diverso colectivo sin techo (el viejo arquetipo del vagabundo desaliñado, hosco y con trastornos psíquicos apenas representa ya el cinco por ciento) conforma una auténtica ciudad invisible de 30.000 habitantes, meros supervivientes más que ciudadanos. «Hambre, lo que se dice hambre, no se pasa», constata Esperanza Linares, responsable del Programa de Personas Sin Hogar de Cáritas, a propósito de la aceptable cobertura de comedores sociales (20.000-25.000 plazas) para gente con escasos recursos. Derechos violados Esperanza Linares se lamenta: «Es increíble cómo se vulneran sus derechos humanos, cívicos y sociales más básicos». Cáritas, que hace dos años centró su campaña del día dedicado a este colectivo en el lema No tengo techo, pero sí derechos, ha denunciado esa situación con ejemplos concretos. Jerónimo, que tras ingresar en urgencias y recibir el alta a las dos de la mañana tuvo que pasar la noche al raso: no tenía hogar ni recursos. Pablo, encarcelado por no presentarse a recoger una sentencia: carecía de domicilio fijo y, por tanto, no recibió la notificación. José María, apeado de un tren y registrado en la estación por dos guardas jurados: la proyectada meta de su viaje era una comunidad terapéutica. María, que recibió una brutal paliza de madrugada: dormía en un simple colchón en plena calle. Juan, a quien cancelaron de pronto su cita para un empleo: la empresa descubrió que su teléfono de contacto era el de un Centro de Acogida. ¿Hasta cuándo en este plan?, se pregunta el significativo lema del Día de los Sin Techo 2001, celebrado ayer y durante el que Cáritas insistía en la urgencia de un Plan Estatal para ese colectivo y en la necesidad de un compromiso público que garantice, directamente y/o mediante conciertos con entidades privadas, la continuidad, estabilidad, calidad y acceso igualitario a los servicios de atención.