ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
24 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¿Quién lo habría imaginado? ¿Cuántos de los que asistimos a la histórica manifestación contra el Estatuto do aldraxe hubiéramos entonces llegado a suponer que la historia iba a acabar como acabó? ¿Lo recuerdan? Seguro que sí: que, como yo, retienen aún en su memoria a aquellos conselleiros sin Consellería que ponerse, y aquellas Consellerías sin apenas funcionarios, y aquellos funcionarios casi sin funciones, y, en fin, a aquellas funciones sin un duro de dotación presupuestaria. Como en la célebre película: ¡A aquellos chalados en sus locos cacharros! Porque, esa es la verdad, así empezó -en Galicia, y fuera de Galicia- una aventura apasionante que iba a darle la vuelta, como se le da a los calcetines, a la cotrosa España autoritaria y centralista: con dosis portentosas de improvisación e ilusión. Visto con la perspectiva de los años transcurridos, parece imposible la osadía de una ciudadanía que, en medio de una asfixiante crisis económica, cercada por la amenaza del golpismo y los embates sin cuartel del terrorismo, bisoña aún en las prácticas de las sociedades democráticas, no se arredró ante la envergadura de los desafíos que tenía que enfrentar y apostó, como se apuesta siempre, un poco ciegamente, contra los que creían que aquéllo acabaría por ser demasiado y, también, contra los que enseguida sentenciaron que no serviría para nada. Los primeros -pocos en Galicia, si ha de decirse la verdad- eran los de siempre: los que en su día habían afirmado preferir una España roja a una España rota, y los que, transcurridas casi cuatro décadas de España azul atada y bien atada, denunciaron el cambio que al parecer se avecinaba como un nuevo intento de romper el país en mil pedazos. Nadie les hizo apenas caso, tal era el hartazgo de nacionalismo español con que por aquí salíamos del largo túnel del franquismo. Los segundos -nacionalistas también, pero gallegos- juraron una y mil veces que la autonomía prometida era una engañifa del españolismo disfrazado, y se convirtieron durante años en unos auténticos profesionales del error: todo lo sucedido desde entonces les ha quitado la razón y ha demostrado de un modo apabullante la densidad de su delirio. Y así, ni Galicia ha desaparecido, ni España se ha esfumado: los ciudadanos, muchos más sensatos de lo que algunos se empeñan en creer, no habrían tolerado ni una cosa ni la otra. ¡Salud, por todos!