Hace casi veinte años que se conocieron los primeros casos de sida en Galicia. E. Sarabia fue una de las personas a las que primero diagnosticaron la infección, hace diecisiete años. Prefiere que no aparezca su nombre completo porque asegura que, aunque otras cosas han cambiado respecto al sida, «la discriminación social, incluso entre los médicos aún es grande», critica. Después de una etapa de desconocimiento para E. Sarabia llegó otra de «terror». «La gente caía como moscas», dice en referencia a sus conocidos que, como ella, por aquellos años compartían jeringuillas para drogarse. Pero lo peor no sólo era que los toxicómanos desconocíesen las macabras consecuencias del sida, sino que los médicos no tenían medios para tratarlo. No daban diagnósticos, sino sentencias de muerte. «Te decían: `te quedan seis meses de vida` y tu ánimo se moría en ese mismo momento», lamenta haber oído más de una vez en referencia a personas queridas. «Perdí a mi compañero» «Hace once años perdía a mí compañero», recuerda. Después encontró una nueva pareja que, por desgracia y por el sida, murió tres años más tarde. «Aun así, no terminaba de creérmelo y seguí drogándome mucho tiempo», confiesa. Si algo sacó en limpio fue que ha aprendido a cuidarse, «algo que la gente aún no sabe hacer», admite. Carlos Alberto Biendicho coincide con Sarabia en que algunas cosas no han cambiado. Es uno de los pocos enfermos homosexuales que quedan diagnosticados de aquella primera época. «Enterré amigos, vi los estragos del Sarcoma de Kapossi y de infecciones oportunistas», recuerda con dolor. «También te pedían un chute de morfina, porque no soportaban los últimos meses», dice. Solidaridad Biendicho cree que ahora se ha pasado a una etapa de complacencia «muy peligrosa». Además se lamenta de que todavía, «en veinte años, ningún presidente ni el Rey ha reconocido de forma expresa su solidaridad con los enfermos», critica con cierta resignación al tiempo que desánimo.