Si no fuera por las letras impresas en las sábanas, nadie diría que esa diminuta habitación es un cuarto hospitalario. A juzgar por la cámara del techo y la trama cablística de la pared, uno apostaría más por una sibarítica cámara de tortura. Y si se detiene en la madera de la cama, la sólida mesilla, la vainica de las cortinas, el amarillo de las paredes, la alfombra de estera y el cuadrito de Monet, cualquiera pensaría en un discreto dormitorio de piso de alquiler. Pero no. Es una de las dos habitaciones de la unidad del sueño del Complexo Hospitalario Ourensán, el hotel más deseado para quienes viven presos del mal dormir. Alfredo Gulías, por ejemplo. O Cesáreo Pérez. O Raúl Domarco. Son tres de los cerca de trescientos pacientes que en la provincia de Ourense siguen en la actualidad un tratamiento para facilitar el descanso. La mayoría, para luchar contra la apnea del sueño, una enfermedad que provoca microparadas respiratorias durante el sueño y extiende sus consecuencias a las horas diurnas, con cansancio y somnolencia poco comprensibles. Pero en las unidades del sueño se ven también otras patologías, como narcolepsia, depresiones o síndrome de piernas inquietas, más allá de los extendidos problemas respiratorios. Alfredo Gulías, por ejemplo, de 52 años y trabajador de la construcción en Suiza, lleva una década en un sinvivir nocturno. «Yo ya llevaba tiempo notando que me daba el sueño así que fui al médico. La primera vez me mandaron a uno de locos y ya él mismo me dijo: te mandaron equivocado. En Suiza me miraron de todo pero yo tenía todo bien... sólo me decían: usted es que trasnocha mucho». Pero Alfredo no trasnochaba. Lo que en realidad sucedía es que padece narcolepsia. El diagnóstico acaba de ser confirmado por especialistas ourensanos.