«La conjura contra América»: Y el nazismo voló, voló

La traslación a imágenes de la pesadilla de Philip Roth por parte de David Simon y Ed Burns para HBO es extraordinariamente fiel al texto y logra aprehender su atmósfera espectral

HBO

Philip Roth trabajó en los últimos días de su vida, mano a mano con David Simon y Ed Burns en la adaptación de su novela, la medalla de oro de todas las ucronías. La conjura contra América no era la primera ideación de unos Estados Unidos gobernados por los nazis (Philip K. Dick escribió 40 años antes la estimulante El hombre en el castillo) pero sí la de lectura más estrechamente política. Simon y Burns, padres de la conspiranoica y áurea The Wire, abrazaron con empeño esa fabulación del complot de la Historia citada el horror que suponía imaginar a Charles Lindbergh, héroe de la aviación y filonazi, venciendo a Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940 y conduciendo al país a un régimen hermano del de Berlín y centrado en la persecución de los judíos.

Su traslación a imágenes de la pesadilla de Philip Roth es extraordinariamente fiel al texto. Y logra aprehender en razonable medida la atmósfera espectral en la que Roth sumió esa sumisión norteamericana al reino de las tinieblas de las cuales surgía -como Hitler desde el altar de Nuremberg- Lindbergh con su avioncito, para embelesar pueblo a pueblo con su verdad revelada, monosilábica y banal.

Esa idea del mal totalitario empapando de a poco las raíces de una democracia está sabiamente administrada en el crescendo de azufre del guion de Simon y Burns, con el rabino John Turturro y Winona Ryder (una judía bailando en la Casa Blanca con el ministro nazi Von Ribbentrop) como kappos y cómplices del campo de concentración global que se prepara. Y frente a ellos, se preserva esa idea de Roth de una Liga de los Héroes Extraordinarios de la democracia que componen Roosevelt, el mítico alcalde neyorquino Fiorello LaGuardia y el radiopredicador Walter Winchell, enfrentada al fuhrer alado. A pesar de que lo que llegó de entre la niebla tienda a volar, a volar. Y a volar. Porque tal vez Dios bendiga a América.

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