«La línea invisible»: Harry El Sucio con chapela

La serie unas veces roza y otras directamente traspasa las fronteras de lo reprobable


Arrastra la ficción española un problema endémico. El miedo pánico a asumir una toma de postura de auténtica profundidad dramática en los hechos históricos sucedidos en el periodo que va de la caída de la República al final de la dictadura. Ahí está la zafiedad infinita de Mientras dure la guerra. Ese mismo escapismo ético, rehuyendo toda claridad que pueda molestar a un sector de la audiencia, es la que hace de La línea invisible obra que unas veces roza y otras directamente traspasa las fronteras de lo reprobable.

En este relato de los meses de 1968 que llevaron a una incipiente ETA, liderada por Xavi Echevarrieta, a cometer su primer atentado mortal planificado -el del temido jefe de la Brigada Politico Social de Guipuzcoa, Melitón Manzanas- hay una vía de agua abierta sobre la línea de flotación de su credibilidad. Mariano Barroso y sus guionistas persiguen humanizar a sus antagonistas con recursos melodramáticos primarios y tramposos. Así, Echevarrieta es el poeta asmático y letraherido. El yerno perfecto pero incapaz de amar. Un infeliz Rimbaud al que le iba más Argelia que Etiopía. Y Manzanas, el policía corrupto que da algunos coscorrones. Un marido infiel y un padrazo. Un Harry El Sucio de Irún con chapela, un poquito torturador en su campechanía. Rejuvenecido como quince años ante la imperiosa omnipresencia de Antonio de la Torre. Maqueado en sus hechos al escamotearsenos su biografía como colaborador de la Gestapo, a la que entregaba judíos que huían a través de los Pirineos.

Y luego está esa manera deshonesta de introducir al final de la trama al guardia civil Pardines, la primera sangre vertida por ETA. El gallego Pardines, con rebozo express en una love story emigrante que ofende nuestra inteligencia al suponérsenos incapaces de empatizar con un inocente si antes no hemos visto que él si es capaz de amar.

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