Es obvio. No es 125, es 221b de Baker Street donde vive ese genio que inventó Conan Doyle: el detective Sherlock Holmes. 125 son en realidad los años que han pasado desde que se publicó, en noviembre de 1887, Estudio en escarlata en The Beeton´s Christmas Annual. Los pocos ejemplares originales que quedan de ese folletín son hoy muy codiciados por los aficionados. Conan Doyle tardó tres semanas en escribir la obra y cobró 25 libras esterlinas de entonces. Ni siquiera él era consciente de que nacía un fenómeno que se ha convertido, más de un siglo después, en una máquina de facturar dinero. Reediciones de los libros en todas las lenguas, series de televisión más o menos inspiradas en el peculiar Sherlock (House es un buen ejemplo) y películas aumentan año tras año la leyenda que salió de la cabeza de Conan Doyle. Una leyenda a la que el propio autor intentó poner fin en una cascada, sin éxito. Pero al que tuvo que revivir ante las quejas del público. Son cuatro novelas y 56 relatos cortos que empezaron con aquel lejano Estudio en escarlata, pero estas historias se han multiplicado tanto sobre sí mismas que ya nadie sabe muy bien dónde termina el juego. Su pipa, su lupa, su gorra, Watson, Moriarty, todo parece inventado para durar hasta el infinito y más allá. Su secreto, la inteligencia, una fórmula que nunca falla.