¿No había que formar ciudadanos?

Sara Carreira Piñeiro
Sara Carreira NI UN PASO ATRÁS

SELECTIVIDAD

Mientras los trabajadores pedimos jornadas semanales de 35 horas como meta vital, nuestros niños trabajan 50 horas como mínimo, entre clases, actividades organizadas y deberes.

Si esto le parece excesivo a cualquier padre, ya nos podemos ir preparando, porque ahora que se han aprobado tres reválidas más -selectividad aparte- nuestros hijos se van a sentir como las ocas a las que se les da el pienso a la fuerza para engordarles el hígado, aunque en su caso serán datos y más datos para un cerebro solo preocupado por la mirada de fulano y el último tuit de perengana.

Como madre de dos estudiantes, he visto cosas que creía tan erradicadas como la viruela. De entrada, que estudian lo mismo y de la misma manera que yo lo hice, y por eso a los catorce años ya saben qué son la pepsina, la pancreatina y la lipasa, pero desconocen que el páncreas produce insulina y que no tenerla te convierte en diabético. A los dieciséis, pueden destripar durante todo un trimestre el Cantar de mio Cid y no saber ni un solo título de Gabriel García (que era como algunos de bachillerato llamaban a García Márquez cuando se murió). O examinarse de las características del gótico pero ante una foto de la catedral de León soltar: «¿Barroco?». Al acabar la educación obligatoria no se atreven a llamar al dentista para pedir cita, o reclamar en una tienda si les han dado mal el cambio; no saben decir «no» a una amiga que les propone un plan que les hace sentirse mal, y desconocen la organización política de nuestro Estado.

¿Tiene calidad nuestra enseñanza? Creo que en general no, aunque los profesores y los centros se esfuerzan; pero el currículo es inaceptable, los medios, miserables, y las leyes mutantes, un delirio. La enseñanza obligatoria debería servir para formar ciudadanos autónomos, solidarios, pensantes, preparados para vivir en el mundo real sin olvidar de dónde vienen; con una cultura general básica que les anime a seguir aprendiendo. Porque en eso consiste vivir, ¿no?