ES LA conversación habitual de esta semana. Dos madres se encuentran y una le dice a la otra: «Y a tu hija, ¿qué tal le ha ido la selectividad?». Y la otra resopla. Protagonista de las vidas de las familias españolas durante años, ha llegado el momento de que este examen se replantee. Y no digo que se elimine. En algunos casos debería endurecerse, pero su modelo actual se ha agotado. Con el galopante descenso de natalidad, nos encontramos con que las universidades españolas ofertan 292.000 plazas para 200.000 estudiantes. Las cifras no engañan: en 105 titulaciones se puede obtener plaza con un cinco pelado, y tan sólo en once es necesario obtener una media más alta. Para ese viaje no hacían falta alforjas. Los estudiantes se quejan, no obstante, del segundo propósito del examen, que es asegurarse de que ningún analfabeto acabe en la universidad. No se me lleven las manos a la cabeza, que muchos escribirían los exámenes en plan SMS si les dejasen: « Isabl l ktolik s kso cn Frnando ». Pues no. Una prueba de conocimientos, expresión y síntesis es absolutamente necesaria antes de acabar la universidad. Otra de las quejas de los alumnos es que en COU los profesores dedican el año entero a preparar el examen, no a enseñar. Esa queja sí es pertinente, ya que parte de la madurez que se le requiere al universitario es la capacidad de trabajar sin que se lo den todo mascado, y así les hacemos flaco favor a los jóvenes. Es hora de modificar el examen, en orientación y propósito, y de endurecer la evaluación de conocimientos, pero ignorando las medias.