Apartó el libro, encendió el ordenador y buscó el dato en Internet. Lo comprobó con la calculadora y recordó que concordaba con lo que había visto en uno de los canales digitales de la tele. Superado el trance, empezó a preparar el examen de inglés. Se le atravesaron un par de palabras, pero superó el trance con la ayuda de uno de los diccionarios de la Red. Resuelto. Menos mal que sus padres, aunque nunca habían encontrado tiempo para ayudarle en las tareas o responder a sus preguntas, habían comprado el ordenador y suscrito el abono a la tarifa plana. Como sobraba tiempo, se fue al salón, donde sus padres admiraban en la tele un hotel lleno de glamur. Como no le molaba, encendió la tele de su cuarto y se puso a ver las aventuras de un grupo de famosos en una isla. Pero suspendió la Selectividad. Hay cosas que no cambian, como la vieja manía de los exámenes. Y algún profesor afirmó, aún encima, que se había perdido la cultura del esfuerzo.