MARTIÑO SUÁREZ CRÓNICA Ciencias da Educación y Forestais acogieron el examen en Pontevedra
12 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.acar el móvil del bolsillo, marcar furtivamente un número y decir «mamá, tocáronme Descartes e Marcuse». Este fue el gesto más repetido ayer, a la puerta de la facultad de Ciencias da Educación, en el primer descanso entre examen y examen de la jornada inaugural de la selectividad. La mayoría, con un cierto desencando preñado de masoquismo, se lamentaba: «Bah, tampouco era para tanto». Junto a las escaleras del edificio habla del primer examen de la mañana un grupo de chicas de Cambados, poseedoras de una vasta cultura en lo que a examenes de Selectividad se refiere: son capaces de citar, mientras se zampan unos dulces a modo de desayuno, las preguntas de las pruebas de Filosofía de los últimos diez años. «No teu ano, no 96, caeu Platón, ¿verdade?». La mayor parte de los que toman aire tras el primer esfuerzo coinciden en citar como primera preferencia al filósofo griego que fue considerado por sus contemporáneos como un tipo extravagante y un tanto cargado de espaldas. Esta vez no han preguntado por él, y lo consideran una injusticia: «Llevaba cayendo cuatro o cinco años. Ya les vale», protesta una estudiante de Marín. «A ver si abren la mano, somos los últimos de COU», implora otro marinense, que asegura que aquí «lo único que cambia es el que vigila». Esta vez, los compañeros de pupitre han sido los mismos de todo el año: cada colegio ocupaba su aula en las instalaciones de Ciencias da Educación. Café en el Támesis Bajo las aulas, la cafetería de la Facultad parece el Támesis londinense de una novela de Sax Rohmer. Aquí se fuma y se repasan los últimos verbos irregulares para el examen de inglés de las doce. En la barra, un profesor veterano se confiesa ante otro que no lo es tanto: «Esto es un coñazo», le espeta. ¿Qué tal se descansa la noche antes de un examen que significa, para quien lo cumplimenta, entrar o quedarse fuera de la carrera universitaria que quiere estudiar? Las alegres cambadesas vuelven a la carga: «Eu si que durmín», explica una de ellas, «custou, pero conseguino». Alejado del tumulto que se ha formado en la puerta del edificio, concentrado con un recogimiento casi zen, Diego confiesa no haberlo tenido tan fácil: «Duermo mal el día de un examen. Imagina como he pasado la noche». Las palabras y los besos son la mejor cura para la tensión. Chicos y chicas de Seixo, de Ponte Caldelas, de Poio o de Cambados -«os de Villa [se supone que Vilagarcía] non están, van a Santiago»- se mezclan para comentar cómo ha ido, para quejarse de lo injusto del examen o para aventurar -«nos colexios privados sempre o saben», maldice uno- qué se les va a pedir en la próxima prueba. Acaba la pausa, y, escaleras arriba, un grupito de chavales asegura que para rendir por la tarde hay que comer en abundancia. «¿Nos tomamos un vino en casa de Borja?», pregunta. Otro parodia al filósofo francés sobre el que ha escrito minutos antes: «Como, luego existo».