Mientras los catalanes sorteaban la lluvia y el cordón policial para alcanzar las urnas el 1-O, los compostelanos asistían atónitos desde las playas a las inauditas imágenes que les devolvían sus teléfonos móviles. Al día siguiente, la nieta podemita de Manolo, que había ido de observadora a Barcelona, compartía con su abuelo la admiración que sentía por los catalanes, pero el pobre hombre apenas le prestaba atención preocupado por sus viñedos y su huerta arruinada y seca como nunca en sus 87 años la había visto.
El lunes 3, Bruselas declaró ilegal el referendo celebrado el domingo en Cataluña; Albert Rivera pedía que se aplicase ya el artículo 155, el PSOE insistía en sus habituales contradicciones y los independentistas hostigaban a los policías en las puertas de los hoteles de Cataluña. A esa hora, en Galicia, la Xunta decretaba la alerta por sequía. Y al día siguiente habló el Rey para contentar a quien ya estaba predispuesto e incomodar a quien primero le reprochó su silencio y luego le escandalizó su mensaje. Los compostelanos escucharon al monarca en un día de octubre en el que se habían alcanzado los 28 grados centígrados. Solo dos grados menos marcaron los termómetros en la capital de Galicia cuando Gas Natural Fenosa confirmó que se iba para Madrid.
Nunca tanto se repitió la palabra diálogo sin diálogo. Nunca tanto se discutió de Cataluña en los bares. Nunca tantas familias bañadas por el Atlántico y el Cantábrico dejaron de hablarse por el problema de un pueblo mediterráneo. Pero es lógico hablar de lo que de verdad importa.
Santiago rondará los 30 grados este fin de semana.