Nunca se sabe si es tarde o no para reconocer la obra de alguien. Demasiado tarde no lo es nunca, por supuesto, pero si la persona está viva, que Dios la coja confesada. Si está muerto, entonces tiene alguna posibilidad. Como Pepe Ardeiro, el inolvidable poeta de Barcala al que un cáncer se llevó por delante hace unos años sin conseguir doblegarle la sonrisa y la labia. Y de esta última tenía mucha. Tanto como amor a la charla sosegada, muy sosegada, en el bar. En vida se llegó a decir por Negreira adelante que las barras de los bares eran su segundo hogar, y era rigurosamente cierto. Pero no en el sentido alcohólico, sino en el social. Ahí se encontraba él y ahí se encontraba con sus convecinos, siempre dispuesto a conversar de lo divino y de lo humano con mucha cultura y cierta retranca.
Ardeiro -su nombre no era ese, pero nadie sabía que se llamaba Xosé Manuel López Gómez- era un galleguista sincero enamorado de la poesía, de una poesía de amor y nieblas que entronca con la tradicional y medieval galaico-portuguesa. Y usaba palabras enrevesadas que muchos pensábamos que eran pura y simplemente fruto de su imaginación creativa, aunque eso jamás lo reconoció. Poesía íntima que en ocasiones hay que leer con el diccionario delante. Tres premios de prestigio en su ramo, siete libros individuales y con obra en otros volúmenes colectivos resumen su currículo, que empezó a rellenarse bien. Negreira quiere que se le dedique el Día das Letras Galegas en el 2017. Será difícil que dos años consecutivos se resalte la voz de un poeta, sinceramente, me da igual: creo que la iniciativa de los nicrarienses es digna de elogio y apoyo. Yo me apunto.