O Refuxio

Cristobal Ramírez

SANTIAGO CIUDAD

La tan ansiada lluvia tuvo a bien hacer su brusca aparición. Y como siempre sucede tras un invierno lluvioso cargará con la culpa de alguna desidia humana. Pero no, la isla conocida como O Refuxio, situada en el Tambre y con sendos puentes que unen a ambas riberas, la orosina a la izquierda, la compostelana a la derecha, se encontraba hecha un asco ya durante el seco otoño. Si la palabra asco no figura en el diccionario de lo políticamente correcto, entonces sustitúyase por vertedero o lugar marginal o semejante, a gusto del lector. En resumen: en un estado lamentable.

Buena parte de sus bancos y mesas, destrozados. Ramas de los árboles, caídas o a medio caer. Multitud de desperdicios, sobre todo plásticos, en el suelo. Colillas también, faltaría más. Y parte de la responsabilidad es, sin duda, de sus usuarios, analfabetos ecológicos.

En el Ayuntamiento de Oroso son escépticos: la isla, muy frecuentada en los meses primaverales y veraniegos, pertenece al vecino de Santiago. El primero hizo en el pasado algunas gestiones -quizás oficiales, quizás extraoficiales- para echar una mano y dejar aquello como Dios manda: impoluto. Resultado: cero. Quizás cabría pensar que en un concello manda el PSOE y en el otro mandaba el PP. Ahora ambos son de izquierdas y el pagano es el mismo: el ciudadano que acude allí y no tiene dónde asentar sus posaderas.

No es el momento de arreglar nada. Cae y seguirá cayendo agua. Por eso el Ayuntamiento de Santiago tiene tiempo de sobras para programar una actuación decidida y radical con el fin de que O Refuxio esté impecable cuando las flores alegren la vista. O sea, y en román paladino: para que deje de ser un estercolero.