Azul


Hay unas cuantas cosas en esta vida que me resultan especialmente indignantes. Una de ellas es la falta de sensibilidad con todas las cosas buenas que nos rodean, sobre todo si nos acompañan desde hace siglos y hacen que merezca la pena disfrutar del sentido de la vista. Escribo esto porque aún no he podido quitarme de la sesera el intenso azul, uno de mis colores preferidos, de la escultura de la Catedral de Santiago, insultantemente mutilada por una desgarradora y estúpida mezcla de gamberra osadía e infinita ignorancia.

Mientras Santiago rebosa piedra y arte, y por ello tenemos que sufrir atentados de este calibre, a unos cuantos kilómetros de carretera, en uno de los municipios en los que el cemento campó a sus anchas y escondió todo vestigio de buen gusto, un azul parecido, con un resultado diametralmente distinto, invadió una de esas inmensas paredes de enormes edificios gracias al ingenio de una de las artistas invitadas al DesOrdes Creativas de este año.

Hasta ahora, pensaba que, si vives rodeado de belleza, algo se te acaba pegando y si lo que te invade no resulta demasiado inspirador, puedes volverte tan gris como tu propio entorno. Pero, visto lo visto, la realidad es bien distinta, por lo que me sumo a la reflexión que hace años le escuché a un joven entrevistado: «Montamos esta asociación porque las cosas van muy mal, pero aún pueden ir a peor».

Esto debieron pensar en Ordes hace más de diez años, y al igual que al promotor de un festival que me dejó esta frase para el recuerdo, el tiempo les ha dado la razón y a mí deja en la retina todo lo bueno y lo malo que se puede hacer con un poco de pintura azul.

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