Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que todo es cuestionado. Los políticos, el propio sistema democrático consagrado por la Constitución, los bancos, las leyes, las administraciones y nosotros mismos, los periodistas. El mismo periodismo está cuestionado. Yo diría que hasta la misma verdad está bajo cuestión. Internet, las redes sociales, se han convertido en un gigantesco patio de vecinos al que se asoma cualquiera a decir cualquier cosa. Y curiosamente, los mismos que cuestionan todo y a todos, se tragan cualquier cosa que leen en Facebook o en Twitter. Un tonto hace un montaje diciendo que dos yihadistas han sido detenidos por intentar atentar en Santiago y llegan diez mil llamadas a la redacción. O un colectivo ecologista lanza un bulo-broma diciendo que se han visto koalas en Ordes para denunciar el abuso del cultivo del eucalipto en Galicia y la no noticia es publicada en medios de comunicación que, obviamente, se saltaron una de las reglas de oro de este oficio: contrastar la información. En Ordes no hay koalas. Y aunque es bueno cuestionar el pasado para mejorar el futuro, convendría no idiotizarse. No idolatrar a cualquier becerro de oro que nos reclama desde el altar de cualquier red social cuya credibilidad es la misma que la del patio de vecinos de una casa al que uno se asoma a tender la ropa. Jamás dejaría que me operase un abogado, ni que me representase un médico ante los tribunales. El periodismo es cosa de periodistas, no de redes sociales. Porque la pluma es como un bisturí y la palabra puede atentar contra la ley o poner koalas en Ordes.