Mi madre le tenía miedo al gas, así que éramos de los pocos en el barrio en tener cocina eléctrica. Cuando me independicé y tuve que convivir con bombonas de butano y canalizaciones de gas natural tardé bastante en acostumbrarme. Creía que en cualquier momento íbamos a saltar por los aires. Confieso que todavía me da un poco de yuyu la caldera de la calefacción y el agua caliente, pero bueno. Entre otras cosas, porque nadie sabe qué les pasa a esos aparatos del diablo, que sufren de una a tres averías por año. Matemático. Fallan tanto que hasta he entablado una relación de amistad con el técnico que viene a repararla. Un gran tipo, efectivo y educado. La deja como nueva, pero pasan los meses y se vuelve a chafar. Algunos miedos se heredan, saltan de generación en generación, y otros no, porque mi madre fue pionera en el uso de la olla exprés y jamás le tuvo miedo. Es más, animaba a familiares y amigas a usarla. Sin embargo, a mí siempre me ha asustado cocinar con el mismo utensilio con el que los terroristas de ETA fabricaban bombas caseras. Ahora, tras el terrible accidente sufrido por una mujer en Melide, creo que ya jamás podré volver a poner al fuego una de esas ollas a presión. Las dos que tenía quedaron desfasadas porque no están adaptadas a la inducción y hace un tiempo que duermen en el trastero y ahora no creo que reúna el valor de comprar una nueva. Sé que son seguras y que ahora incluyen muchas más medidas de seguridad, pero lo que le ha pasado a esta pobre señora me ha impactado de tal modo que dudo mucho que pueda olvidarlo y vencer ese miedo. Es terrible saber que la felicidad se puede truncar en un instante si la fatalidad transforma en explosivo una simple pota de garbanzos.