La verdad se puede edulcorar pero no es de recibo ocultarla: las marismas de Dodro, preciosas como se ven cuando se remonta en motora el fin del Ulla, se han convertido en un estercolero. Los caminos no son prácticamente usados por nadie, excepto por quien en pleno siglo XXI los recorre para ir tirando por ahí adelante un viejo electrodoméstico o una simple bolsa llena de desechos. No es este mal momento para recordar una obviedad: el sistema de recogida de basuras, inertes incluidos, se ha extendido hasta el último rincón de Galicia. Eso sí, a costa de un afeamiento sin precedentes del territorio: los miles de contenedores son como granos de pus de colores.
El fracaso del modelo, sin embargo, no ha sido asumido en ninguna parte excepto en Oviedo (no hay contenedores). Primero, porque no evita casos como el de Dodro, y basura se encuentra allí o en las riberas del Tambre. Y segundo, porque no ha educado a nadie. Con concellos en los que la recogida de orgánicos se lleva a cabo siete días a la semana la ciudadanía no respeta los horarios, y los contenedores se van llenando a lo largo del día. Incluso cuando aprieta el calor a 30 grados y aparecen moscas por doquier y olores poco gratos. El alcalde de Dodro, que quizás no tenga culpa de nada de eso, manifestó que el que la ley de protección de la costa se rebaje a los cien metros constituye una excelente noticia porque así se rentabilizarán sus juncales, al parecer con actividades agropecuarias que, desde luego, nunca pueden suponer construcción alguna por minúscula que sea. Nada que oponer al optimismo. Ahora solo falta que explique con detalle sus fundamentos.