Una norma no escrita en los periódicos reza que en los artículos de opinión ponerse a repetir tema no es lo más recomendable del mundo. Pero hay excepciones, claro está, si se produce algún hecho no previsto que lo cambia todo o un recuerdo permite insistir o desmentir aquello que se había publicado.
Al acabar la conmemoración del 1 de mayo apareció una pintada sobre la pared de piedra de un edificio municipal. De eso iba el texto de ocho días atrás. En efecto, la reflexión está hecha hace más de una semana: una barbaridad de unos impresentables en pleno siglo XXI. Y no, no se trata de poner policías en cada esquina, como en el centro de Nueva York, sino en educar mejor y, llegado el caso, sancionar, también con el escarnio social.
Tal acción lleva a quien escribe a pensar en aquellos lejanos años del tardofranquismo, con la oposición a la dictadura perseguida y bien perseguida. Tuvo entonces lugar una reunión —clandestina, por supuesto— con la finalidad de organizar varias pintadas. Había esprais, había voluntarios que nos jugábamos el pescuezo y se trataba de elegir día, hora (ambas cosas ya casi estaban pensadas) y, especialmente, lugares. Un badulaque, que gozó del apoyo mayoritario, presentó la lista de sitios incluyendo la catedral, en pleno Obradoiro, con el argumento desde luego cierto de que iba a ser muy visible y difícil de sacar en un momento.
Dos quedamos atónitos y nos opusimos radicalmente. Siguió un serio debate sobre qué era lo más importante (la Iglesia católica estaba señalada como soporte de la dictadura, y lo fue durante muchos años), pero no nos movimos: cogíamos puerta o se anulaba tal barrabasada. Ganamos, pero algunos cretinos no se han enterado.