La seguridad ciudadana frente a la delincuencia, más que una cuestión estadística, lo es de sensaciones. ¿Es Santiago una ciudad segura? Analizándolo globalmente, a vista de pájaro, sin duda, sí lo es. El problema se desata en la distancia corta, en la de los hechos concretos y las sensaciones. Los vecinos del Ensanche, y en particular los de determinadas zonas sensibles de esta parte de la ciudad, tienen motivos más que sobrados para sentir que la capital de Galicia, para ellos, es insegura. Y esto es lo que tienen que combatir las administraciones y las fuerzas de seguridad cortándolo de raíz, por mucho que consideren que el problema no es tal y que, en todo caso, es más productivo tener bajo control un narcopiso —por citar un ejemplo de máxima actualidad—, a quienes trafican en él y a quienes acuden allí a abastecerse, que cerrarlo para que los mismos individuos, al abrigo de un sistema penal de manga ancha como el nuestro —para bien y para mal— se muden al poco tiempo a otro lugar, sigan con el negocio y la policía, siempre escasa de recursos, vuelta a empezar... localizar el nuevo narcopiso previo cabreo del vecindario, nuevas detenciones de corto recorrido a la sombra, y así una y otra vez. ¿Es que la policía no sabía sobradamente, quién traficaba durante años en el Banco do Pobre o en los Pexegos, por citar dos casos clamorosos, y quién iba allí a suministrase de caballo y farlopa previo palo a la propiedad privada? Pues claro que lo sabe, de lo contrario sí tendríamos un serio problema. Los casos estallan por persistencia y por el hasta aquí hemos llegado de la gente de bien, de los vecinos que todo lo ven y todo lo padecen, cuando la convivencia es insoportable y son ellos los que presionan para poner fin a la tolerancia. En el Banco do Pobre ocurrió cuando se diluyeron las fronteras entre la ciudad acomodada y la históricamente marginada, cuando la primera creció hacia la segunda y se produjo la eclosión que puso en jaque a las administraciones. Ahora, en el Ensanche, un vecindario organizado dijo basta y forzó una acción policial que no puede quedarse en una acción para la galería. También a la vista de las gélidas estadísticas, hay que actuar con contundencia: Santiago, es tras Ourense, la ciudad gallega donde la criminalidad se siente más cómoda, porque es donde más crece.