Los ultramarinos ambulantes siguen pitando

SANTIAGO

Juana y Lucía, al fondo, con una de las dos furgonetas repletas de pescado que llevan por barrios de Santiago y municipios limítrofes
Juana y Lucía, al fondo, con una de las dos furgonetas repletas de pescado que llevan por barrios de Santiago y municipios limítrofes SANDRA ALONSO

Empresas y autónomos mantienen viva la venta a domicilio llevando productos frescos a barrios sin tiendas y a las parroquias más recónditas

01 mar 2026 . Actualizado a las 13:48 h.

La venta de productos básicos, perecederos o no, fue un alivio para multitud de hogares del rural durante décadas, y se convirtió en un servicio indispensable durante los meses de la pandemia. Recibir el pan en la puerta de casa, comprar el pescado recién llegado de la lonja, adquirir congelados o productos básicos gracias a la furgoneta-supermercado es todo un lujo, que lejos de estar en declive sigue más vivo que nunca en algunos barrios de Santiago y en la comarca compostelana.

Juana Suárez, conocida por sus clientes como Teresa, porque así se llamaba su madre y fundadora de la empresa de pescados que lleva el nombre de Pescados María Teresa, vende el producto que adquiere en la lonja de Ribeira en una caseta fija de la Praza de Abastos de Santiago y en dos furgonetas que recorren varios municipios de los alrededores de la capital gallega. Con la venta ambulante de pescado y marisco empezó la madre de Juana hace 33 años, y ella se sumó al negocio hace 25 años. El negocio «funciona moi ben. Coa pandemia reactivouse e aumentou o traballo». Todos los días acuden a una media de 70 casas, y aunque no va siempre a las mismas, «empezo as 5.30 da mañá e chego a miña casa as dez».

Un wasap con 300 clientes

Tiene dos furgonetas. Una la conduce Juana y la otra Lucía, lo que les permite hacer rutas diferentes y abarcar más territorio. La clave para seguir en alza es «adaptarse aos tempos. Teño un grupo de wasap con máis de trescentos números de clientes. Cando sei que peixe teño, mando unha mensaxe cos produtos, prezos e tamaños. A xente pide e eu o levo limpo, fileteado o como queiran». Lo habitual entre los vendedores ambulantes de pescado es que recorran la ruta ofreciendo el género, que se vende sin limpiar, pero «vaime mellor así. Sei onde teño que ir e onde non; aforro tempo no reparto; aínda que teño moito que facer antes de saír», sostiene.

En algunos casos, los clientes ni siquiera están en sus casas cuando llega Juana con el pedido, pero en el sistema de entrega también se beneficia de las nuevas tecnologías. «Teño algúns que abren a porta co móbil, porque teñen un sistema para iso. Entro e deixo o peixe dentro. Logo eles pagan por bízum». Juana conserva clientes de la época de su madre, y «os maiores son os que prefiren ver o peixe. Os máis novos, que traballan, apúntanse a recibilo listo para preparar», refiere.

Gerardo Reboiras suele frecuentar las lonjas de Ribeira y Rianxo, y vender por Padrón y Teo
Gerardo Reboiras suele frecuentar las lonjas de Ribeira y Rianxo, y vender por Padrón y Teo PACO RODRÍGUEZ

 

Gerardo Reboiras: 250 kilómetros al día

De casi 57 años que tiene el vecino de Dodro Gerardo Reboiras Domínguez, treinta y siete los lleva trabajando como vendedor ambulante de pescado, una profesión que le viene de sus padres y de la que asegura que «non tiña nin idea» cuando empezó a ejercerla. Su recorrido diario de martes a sábado comienza a las nueve de la mañana en el lugar de A Igrexa de Dodro, en Casa Pancho, donde toma el café y atiende los primeros clientes del día, que ya lo esperan allí.

Hasta las dos de la tarde, Reboiras recorre parte del municipio de Dodro y después se desplaza a Pazos, en Padrón, y Calo, en Teo. En total, recorre al día 250 kilómetros, incluidos los de ir a la lonja de Ribeira y Rianxo, en el último caso en época de sardinas y xoubas. Con su furgoneta despacha «ao pé de cento e pico quilos de peixe» en cada jornada, a una clientela muy fiel: «É xente de toda a vida, hai casos nos que xa lle vendín aos avós, aos fillos e aos netos».

Después de tantos años en el oficio, cuenta que, «en xeral, consómese moi pouco peixe». Así, constata que, en sus rutas, «a xente maior é moi consumidora de peixe, pero a nova pouco come». No obstante, también tiene confirmada una tendencia, la de muchos vecinos que, llegados a una edad, que él sitúa sobre los 40, «empezan a coller o hábito de comer peixe por temas de saúde», señala el vecino de Dodro.

Con trabajo, sin relevo

A la pregunta de si tiene relevo en el puesto, señala que «traballo me vai custar a min acabar», en alusión a llegar a la jubilación. «Está moi mal a actividade por temas de cuota, contaminación e falta de relevo, de modo que cada vez hai menos mariñeiros e tamén menos peixe e máis caro». En cuanto a la oferta que tiene, depende de la época pero siempre es el que tiene más demanda. Ahora, señala el vendedor, es el tiempo de los peces planos. Tantos años yendo por las puertas que Reboiras conoce a todos los vecinos y, si alguno falta, ya pregunta por él. Y constata, además, que «a xente vai a menos nas casas». Sin pensar todavía en la jubilación, tiene claro que le pasará como a su madre cuando ella dejó la ruta de venta, de modo que echará de menos el trabajo y hablar con los clientes. «Xa o fago agora, cando hai temporal e non vou vender», explica el vecino de Dodro.

La furgoneta cargada de Ignacio Sánchez llega a algunas parroquias una vez a la semana
La furgoneta cargada de Ignacio Sánchez llega a algunas parroquias una vez a la semana SANDRA ALONSO

 Ignacio Sánchez, el vendedor a domicilio que surte con lo «esencial» en Toques 

El ultramarinos sobre ruedas que conduce Ignacio Sánchez es un «complemento» al reparto puerta a puerta de pan que realizan en Panadería-Pastelería Toques. Y es precisamente en ese municipio que da nombre al negocio que Ignacio trabaja con su padre, César, donde ofrecen ese servicio ambulante que diversificó el despacho a domicilio de pan con otros productos de primera necesidad, tanto de alimentación como de limpieza. «O esencial», resume el panadero, que entre todo el género que ofrece —desde pasta y leche a aceite y legumbres, pasando por papel higiénico y lejía— «o que máis demanda ten é a froita», comenta. Sánchez surte semanalmente las despensas en las aldeas de la parroquia de Villamor, los martes; en las de A Capela y Ordes, los miércoles; y en las de Brañas y Paradela, los jueves. La frecuencia del reparto se redujo de dos veces a la semana a una, «porque cada vez hai menos xente; a aldea con máis veciños, ten catro casas». A mayores, «o que máis e o que menos, aínda que merque, ten alguén que lle vaia facer a compra», cuenta. Por la diferencia de precio no es. «Non hai moita; hai produtos incluso máis baratos; outros non, porque non se dá competido», indica.

Roberto Vázquez, a la derecha, atendiendo a un cliente
Roberto Vázquez, a la derecha, atendiendo a un cliente SANDRA ALONSO

 Roberto Vázquez: «Deixei algúns repartos, nas aldeas cada vez hai menos xente»

Cuando el abuelo y el padre de Roberto Vázquez estaban al frente de Panadería Cristobo, «vivían dez, doce, trece persoas por casa, e deixabamos un saco de pan en cada unha delas», cuenta este vecino de Arzúa, al frente de una tahona con siete décadas de historia. Entonces, él era un chaval, y también eran otros tiempos. Hoy, pasado el ecuador de los cuarenta, la situación poco o nada tiene que ver con la de aquel entonces. «Deixei algúns repartos, porque nas aldeas cada vez hai menos xente e menos consumo, e para deixar os 10 ou 12 quilos de pan que recordo ter deixado nalgunha casa hai que andar media aldea», señala el panadero, que se encarga de realizar personalmente una de las dos rutas de reparto domiciliario «grandes» que todavía mantienen en el negocio familiar.

 Casco urbano y parroquias

En la tahona que fundó su abuelo materno, Ramiro Vaamonde, despachan puerta a puerta el pan por el casco urbano de Arzúa, además de por las parroquias de Pastoriza, Ribadiso, Lema, Viladavil, Maroxo, Brandeso, y Burres, entre otros lugares de la comarca. Su territorio de trabajo es amplio, porque también llegan con el producto a las parroquias limítrofes de Melide, como Baltar, Maceda y Zas de Rei, y a las del municipio de SantisoVisantoña y Beigondo—. «De toda a vida, vendemos aí», cuenta el panadero, aunque reconoce que a las aldeas de O Pino y de Touro que lindan con Arzúa «case non as toco agora», añade. Las diferentes rutas que cubre la Panadería Cristobo configuran «unha zona boa que me dá para vivir ben do reparto», cuenta el nieto del fundador.

En el balance final, Roberto Vázquez no pasa por alto la mayor demanda de pan que hay en verano por el retorno vacacional de los emigrantes a sus aldeas de origen. «Igual dúas caixas máis de pan ao día despacho, e tamén encargan máis empanadas», cuenta el panadero, que ofrece también un buen testimonio del impacto de los miles de peregrinos que hacen el Camino de Santiago en los negocios locales como el suyo, así como de la repercusión económica de la fiesta a la que acuden este fin de semana los amantes del queso y de la buena música. «O peregrino dá moita vida e moito carto. Lévolle pan ao 90 por cento dos albergues e dos restaurantes, ademais de a grupos de colexios que veñen todos os anos», explica Roberto Vázquez, que, con motivo de la Festa do Queixo, ve duplicado el pedido de pan que recibe de la hostelería local.

El sector forma parte de la ruta urbana del despacho ambulante, que en las aldeas no está exento de competencia, porque el servicio lo ofrecen «máis dunha ducia de panaderías, e voume tocando con case todas», apunta Roberto Vázquez, amigo de cuidar al cliente con un servicio a demanda, sujeto a planificación, y también al azar. «En días coma estes, vou eu aos bares facérllelo pedido para calcular, e tamén cando hai peregrinos por se necesitan algo, porque prefiro que me sobre pan a que queden tirados», sostiene el panadero, con clientela «de cando empezou meu avó. Dinme —cuenta—: ‘aínda non naceras ti e xa comiamos nós pan da túa casa’».