Acabó 2025 y no queda más remedio que volver a un por desgracia recurrente tema que trató en otro artículo este mismo periódico todavía hace unas pocas semanas: la increíblemente corta estancia en Santiago del visitante, sea este peregrino o sea turista. Una estancia que no es que llegue a los magros dos días, sino que está lejos de ellos. Pero lo que no está lejos es el 2027, año santo.
Lo curioso del caso es que ideas han surgido por doquier, algunas disparatadas, pocas excelentes, estas osadas y aquellas baratas. Siempre encontraron una sonrisa comprensiva o hasta un aplauso. Quien más y quien menos coincidía con una o con la siguiente. Y al final, nadie hizo nada. Santiago sigue donde estaba, como estaba y con la gente entrando y saliendo a gran velocidad. La ciudad vive del monocultivo de la catedral, y los constantes esfuerzos de los empresarios del Ensanche fueron baldíos: nadie ha acometido un plan integral de promoción de todo el conjunto urbanístico, que incluya desde Conxo al protagonismo antifranquista de la Praza Roxa, del olvidado cementerio de los peregrinos (sí, al lado de la iglesia de san Fructuoso) hasta el Pórtico de la Gloria.
Cuesta decirlo, pero la impresión es que los empresarios de la almendra han estado relajados en el escenario: hacían y hacen caja, ojalá que por muchos años. Pero la pregunta es: ¿la ciudad no tiene más que ofrecer? ¿Alguien ha organizado visitas al Pico Sacro, por ejemplo? Porque se da hasta la contradicción de que no hay ganas de quedar en Santiago y su comarca pero se cuentan por miles las personas que pagan por una excursión a Fisterra, en una paliza de autobús que les quedará para el recuerdo. Es difícil de entender.