La mujer que huyó de una guerra, cruzó Europa por amor y encontró en Compostela su hogar y el éxito como artista
SANTIAGO
Viliana Grigorian empezó como ceramista hace apenas dos años y ya tiene seguidores de su obra en todo el mundo
28 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Detrás de la dulce voz de Viliana Grigorian hay toda una historia de superación. La vida la obligó a reinventarse, no una sino varias veces, y su perseverancia la llevó a encontrar su hogar y una nueva profesión que la hace feliz en Compostela. Nació en la Unión Soviética en 1988 y su apellido, armenio, habla de los orígenes de sus padres. En medio de la guerra civil de Georgia, cuando tenía 4 años, su familia se trasladó a Rusia, donde residió hasta el 2020. Por amor, y en plena pandemia, cruzó el continente, relata: «Yo venía mucho España y un amigo me dijo que tenía que salir de Cataluña para conocer otras partes del país. Llegué a Galicia y conocí a un chico, José Luis Montiel».
El flechazo surgió en el verano del 2019. En noviembre, por el cumpleaños de Viliana, el doctor santiagués la invitó a España para verlo; y él viajó a Moscú por el suyo, en febrero del año siguiente. «En marzo del 2020 cerraron las fronteras, por la pandemia. Él tenía los billetes a Rusia para conocer a mi familia y pedir mi mano, como todavía hacen en las familias armenias, pero tuvimos que cancelarlo todo», recuerda ella. «Como soy médico, a mí no me iba a faltar trabajo ni estabilidad económica, y decidimos volver a Galicia y conseguimos que ella entrara con la frontera cerrada. En teoría suena fácil, pero en realidad hubo muchas complicaciones. Pudimos casarnos en menos de seis meses, el 12 febrero del 2021, aunque no tuvimos más invitados que los padrinos y la traductora, y salimos todos en las fotos con mascarillas. Nuestra luna de miel la pasamos encerrados. Fue una montaña rusa de emociones», cuenta un hombre que hace a las veces de traductor de su pareja, con la que suele hablar en inglés.
Ella dejó todo atrás y, tras dar a luz el día de la Lotería de Navidad a su hijo Kai (significa océano, en hawaiano), emprendió su odisea para reincorporarse a la actividad laboral aquí, sin manejar casi el idioma —comenzó a aprenderlo cuando el niño cumplió 8 meses—: «Tenía un buen trabajo y vida en Rusia, no tuve que huir como otros. En Moscú yo había trabajado en un salón de belleza. Empecé como recepcionista y acabé de directora, con 58 trabajadores a mi cargo. Después de nacer Kai hicimos mi currículo y en febrero del 2022 estalló la guerra entre Rusia y Ucrania. Nos bloquearon la cuenta y nadie se quería hacer cargo por ser de allí. Estuve buscando empleo aquí: uno, dos, tres meses... Es muy difícil que te digan no siempre. No me querían ni para puestos temporales en tiendas de moda. Me sentía algo rota... Vengo de un país soviético y allí, si no tienes un sueldo fijo, no se considera un trabajo. Estuve un par de meses de recepcionista en el karting de Sanxenxo, y gracias a que mi marido era el director, pero al acabar la temporada me vi en el mismo punto de partida. Empecé a pensar que esta situación me la había dado Dios para hacer algo que yo soñaba desde niña, pero me daba miedo por la educación que recibí».
El lado creativo de Viliana, uno que siempre estuvo latente, salió a relucir. Hizo una masterclass de cerámica en Ámsterdam (Países Bajos) y una llama de ilusión se prendió en ella. En un viaje que realizó con su pareja en diciembre del 2023 a Barcelona, embargada por la emoción, ella compró un alijo de 20 kilos de porcelana que se repartieron entre ambos en sus maletas para ponerse manos a la obra nada más regresar a casa: «Como la tía de Jose hace joyería con cerámica y tenía horno propio, me propuse probar». Tuvo que superar su temor a que sus obras «no gustasen a nadie, solo a mí», pero al compartirlas con el mundo vio lo equivocada que estaba. Así es cómo encontró su vocación y, en solo 2 años, los artistas que ella antes admiraba, hoy siguen su trabajo en las redes sociales (tiene más de 21 mil seguidores en Instagram, repartidos por todo el planeta, como @vilianagri). Esta aceptación del público «te da como alas para seguir, era la confirmación que necesitaba», afirma una treintañera que rezuma humildad al hablar.
En 2026 le va a llegar un horno propio y tiene grandes planes como ceramista. Cada una de sus piezas es única, habla de su estado de ánimo e imprime en ellas una gran cantidad de cariño, al igual que en cada publicación que hace en su perfil de Instagram. «Tengo un gran problema y es que soy muy perfeccionista. No puedo poner algo si no me gusta y puedo pasar hasta 3 horas buscando la canción perfecta para un vídeo. Eso lo complica todo, pero no tengo prisa y me gusta hacer bien las cosas».
Mientras llega su esperado horno de Alemania, adecúa un local que tenía en desuso su marido en O Milladoiro (Ames) para montar allí un taller en condiciones, poder optimizar el proceso de producción y que sea sostenible. «Sabemos que el arte y el talento lo tiene. Todos los días recibe mensajes de gente que quiere sus piezas o estudiar con ella para que enseñe sus técnicas de trabajo», comenta Jose, quien arropa y anima a su esposa en su proyecto de emprendimiento. «Nos gustaría tener aquí un sitio de referencia en Galicia y traer nuevas opciones, típicas de grandes ciudades europeas», avanza él.
Viliana le da especial valor a haber llegado hasta aquí y ser conocida por su obra sin atajos, sin haber pagado para que muestren sus piezas en páginas de nuevos ceramistas y con un alcance en redes sociales orgánico, sin dar un duro a Instagram o Meta para tener más seguidores o visibilidad. «Mi construcción de soviética es así. Puedo trabajar mucho y bien, pero necesito ver resultados para seguir adelante... aunque nunca esperaba que iba a llegar a este nivel», dice una artista que sueña con hacer su propia exposición. Todo llegará, o no, pero ella tiene claro cómo quiere que sea este camino, con pasos sólidos y fiel a su esencia. «Con cariño y excelencia, el reconocimiento acaba llegando, antes o después», sentencia el médico, quien confía plenamente en que así será.