El próximo jueves, con La Voz, una nueva edición de la Guía de Másters de Galicia
El médico siempre fue una persona respetada. Ya no digamos en Santiago, con su facultad de Medicina y sus doctos profesores en algunos casos hasta reverenciados. Medicina de entonces para ricos, y tanta es la desmemoria que se ha olvidado que la izquierda, más allá del entonces muy poderoso y presente en la universidad compostelana Partido Comunista, pedía que hubiese hospitales no solo en las grandes ciudades, sino que se creasen dispensarios y médicos en las más pequeñas. Pero nadie soñaba con que se fuera a abrir un centro de salud en Sigüeiro o Arzúa.
Y los hay. Llegaron miles de médicos hasta los más recónditos lugares, y al mismo tiempo su prestigio fue deteriorándose. El médico pasó a ser alguien normal y corriente, con el agravante de que la gente comenzó a tener conciencia de que cobraban de sus impuestos, y empezaron los gestos poco educados. Y aquellos polvos trajeron estos lodos: avisos en las instalaciones de que no se tolerarán no ya agresiones (¡faltaría más!) sino los malos tratos. Insólito, y nuestros padres no darían crédito.
Pasaba todo eso por la cabeza del firmante mientras, con las pupilas dilatadas, recordaba la gran humanidad y buen humor de la optometrista Antía, auténtica inyección de optimismo. A ella le seguiría más de lo mismo con la doctora Porrúa, amén de la profesionalidad que se supone —y se supone bien— a quienes como ellas llevan una bata blanca.
Y con eso en las neuronas, saliendo al exterior, seguía martilleando la idea de cómo algún badulaque y/o bucéfalo
ababiecado puede tratar a patadas verbales (y a veces, de las otras) a un médico. Porque para leer estas líneas hay que estar vivo, y si está vivo es gracias a muchos médicos.