Una noche muy cerrada escucharon el sonoro «¡Salgan! ¡Guardia Civil!». A partir de ahí se desarrolló una escena kafkiana
14 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.Vivir en el extrarradio de Santiago no le entraba en la cabeza a ningún estudiante ni, por supuesto, a sus padres por muy liberales que fueran. Ser estudiante universitario era un estatus, y lo que se presuponía era que el o la beneficiada por aquel iba a residir en el interior de la ciudad. ¿Dónde si no?
Ese era el escenario, así que en el curso 1974-75 solo había dos viviendas con estudiantes foráneos en la carretera a Noia. Una se localizaba en Roxos, con el excelente guitarrista Juan (luego Xoán) Piñón, que estaba en el último curso de Medicina, persona muy afable y en la actualidad muy reconocido fotógrafo.
La otra estaba en Bertamiráns, un chalé a los cien metros a la izquierda rumbo a Negreira, donde hoy se alza un edificio grande, alto y voluminoso. Era propiedad de un hombre de la zona que vivía en Venezuela, a donde, obvio, había emigrado. Su hermano, persona de trato muy fácil que vivía no lejos de Bertamiráns, era su representante y alquiló el edificio a cinco estudiantes y un maestro por 3.500 pesetas al mes (21,04 euros).
En Bertamiráns abrían sus puertas entonces dos bares, puras y preciosas tascas y que ya no existen porque aquellas casas bajas desaparecieron bajo la especulación (y otro establecimiento más, por cierto, un poco apartado dirección Noia, que todavía funciona aunque ya no aislado sino rodeado de edificios a cual menos sugerente). En uno de aquellos dos bares correteaba una preciosa niña muy rubia de nombre (¡nunca mejor escogido!) Celta, cuando aún no se habían popularizado las Yessikah, Sheila y similares. La cría hoy habrá pasado de los 50.
Aquellos estudiantes de Bertamiráns nunca dieron motivo de escándalo, ni siquiera acudieron ni una sola vez a la popular sala de fiestas que había entonces. Pero eso no les libró de que una noche muy cerrada casi en invierno escucharan el sonoro «¡Salgan! ¡Guardia Civil!». A partir de ahí se desarrolló una larga escena kafkiana. Mientras el resto se afanaba en ocultar la gran cantidad de propaganda ilegal, el maestro se puso su mejor chaqueta y salió con cara inocente diciendo: «Buenas noches, la Guardia Civil siempre es bien recibida, así que por favor, pasen y tomen un café».
Sus interlocutores eran el enérgico comandante del puesto de Brión, en la cincuentena, y un subalterno que se mantenía en segundo plano con cara de desear que aquello acabara cuanto antes.
El comandante se negaba a entrar, el maestro le insistía porque «es una vergüenza que hablemos aquí, me deja muy mal delante de los vecinos», y ganó tiempo para que en el interior se fuera calmando la atmósfera. Pero no, los uniformados no entraron y exigieron que salieran uno a uno y entregaran el DNI, que el maestro recogería en un par de días en Brión.
Un día de otoño soleado, y también con la mejor chaqueta encima y mil preocupaciones dentro, hubo que acercarse a Brión. Él mismo había sido expulsado en el 68, una de las estudiantes había sido detenida en A Coruña por repartir panfletos y la familia de otra había sido duramente represaliada por el franquismo. Solo quedaba cruzar los dedos.
Y enorme sorpresa. Un firme pero relajado comandante le entregó al visitante los carnés diciendo que «tener un expediente limpio es lo mejor que le puede pasar a una persona. Buenos días». Y punto final. No existía la informática, y en los cuerpos de seguridad también había chapuzas. Es la única explicación, tantos años después.