El sábado se entregaron los premios de Xuventude Crea, un clásico dentro del mundo de los jóvenes bien afianzado desde hace muchos años. En el fondo esa convocatoria constituye un aliciente para ver si despierta una sociedad más ensimismada y protestona que lo que algunos quieren hacernos creer.
Paréntesis y un ejemplo. La isla de Samso (municipio más envejecido de Dinamarca, al menos hasta hace poco tiempo) la habitan cuatro millares de personas. Hay 150 sociedades. De todo: gastronómicas, de estudio de las mariposas, de defensa de una valiosa zona natural, del ajedrez y de lo que uno se imagine. Y sin política por el medio.
Aquí ya salimos con que si no se hacen las cosas empleando el gallego, ya hay acusaciones de no sé qué. Después, si lo promueve la Xunta —Xuventude Crea es una (magnífica) iniciativa de la Xunta, en efecto— ya es cosa de los que están atados a los designios de Madrid.
El resultado es brillante por un lado —la cantidad de jugosos premios fue a parar a manos y mentes que son las que dirigirán este país en muy poco tiempo, muchas de ellas de Santiago y su comarca— pero a veces un poco decepcionante por otro. La pregunta me la hago cada año: ¿cómo es posible que en cada una de las especialidades —en total, catorce— no participen al menos dos o tres centenares de jóvenes? No es la Xunta la que falla en este caso, es la sociedad civil, enganchada al consumo, al móvil y a la ceguera de lo que viene encima. Si Xuventude Crea tuviera lugar en Dinamarca, las colas para participar llegarían a la Sirenita de Copenhague. ¿Tan difícil es mover a la gente? ¿Dónde está la competitividad? Porque sin competitividad vamos como los cangrejos: para atrás.