¡Más multas!

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Soy rotundo partidario de las multas de tráfico. Rara avis, desde luego, en este país donde todo el mundo protesta porque le han puesto una, sin fijarse si fue justa o no. En el más de millón de kilómetros al volante me han multado media docena de veces. Dos, porque eran tiempos lejanos y tenían que recaudar, y de nada valieron recursos incluso al ministro de Justicia, que seguro que ni miró las fotos que le envié. El resto, por pecados veniales, como por ejemplo ir a 69 en un lugar de 60. Ninguna por nada serio, y desde luego no conduzco con alcohol. Otras drogas no uso, gracias.

Pero visto los cernícalos que afloran en nuestras carreteras, que se pegan al culo de mi coche (con perdón) a 140 en la AP-9 y te meten luces, lo estupendo es que los cacen los radares, fijos o móviles, me da igual. Por eso defiendo el que hay frente a El Corte Inglés, tremendamente necesario, aunque discrepe, desde mi ignorancia, de la utilidad del de Conxo: ir a 50 por hora en ese lugar parece un poco exagerado.

Defiendo también que las multas sean graduales. No solo como ahora (a más velocidad más sanción), sino por el número: si se pasa de velocidad seis o siete veces, a la sexta o séptima tiene que quedar temblando la economía doméstica. Y si hace falta, recuperar el encierro en casa el fin de semana. Es la única manera de imponer un poco de sensatez en el asfalto. O podemos seguir como estamos, comentando que un ciudadano se ha estrellado a las tantas de la noche con alcohol y alguna otra droga en su cuerpo. Lamento ser tan poco cristiano, pero conste que tales casos yo no los lloro: prefiero eso a que se lleven por delante a un hijo mío o dejen en silla de ruedas a la nieta del lector.