El vapor del café aromatiza el bar Azul. En la barra está Moncho Boullón con la mirada puesta en la calle. Maneja los filtros de la cafetera tal cual un malabarista. Por la breve puerta asoma un hombre corpulento que colma el vano. Es Diego Bernal, elegantemente trajeado y cubierto por un abrigo sobre los hombros. Aún no son las nueve, pero la agencia Efe lo espera. Pasará por delante de la casa que lo vio nacer, el número 70 de la Rúa do Vilar, que ahora luce una placa que lo recuerda. ¿Qué pensaría, qué diría, qué escribiría Diego hoy sobre su calle, el corazón de Santiago? Buscaría sin éxito las librerías Galí —la que editó una novela tan compostelana como La Casa de la Troya— y González —la añeja biblioteca de miles de universitarios—, la tienda del fumador, la pastelería Casa Mora, el bar Negreira —conocido como El patata— o los bazares Bacariza-Naveira, Villar y Docobo… Los últimos mohicanos. Su conversación era tan dinámica y apabullante que solo descansaba para inhalar el humo de su habano, pegado a él como la nariz. Le ayudaba una voz fuerte y característica, cuyo color diría que conservan sus hermanos, José Luis y Antonio. Del pueblo se lo sabía casi todo y conocía bien a sus vecinos, amén de codearse con personajes y autoridades. Tras su óbito, a los sesenta años, la Asociación de Periodistas de Galicia bautizó con su nombre un premio profesional; pero también editó un libro-homenaje con diversidad de firmas, entre ellas, la de Ghaleb Jaber Ibrahim, que aludía así al encuentro de periodistas que el presidente Fraga convocaba en Vilalba: «Tú, Diego, seguías estando allí».
Otro que fumaba bien era José Luis Rey-Alvite Martínez. Sin salir de la Rúa do Vilar compartimos sección en este periódico, «El espejo de la ciudad». Él, con su estilo mordaz, alegórico, único; mientras que a mí me quedaba la reseña amable y descriptiva. El que a la postre estuvo a su altura fue Nacho Mirás, articulista insuperable, que se fue antes de tiempo como ellos. La placa de Alvite se colocó en el arco de Mazarelos.
Y para mí guardo aquella noche en que los tres salimos de copas, convirtiendo el desaparecido pub Rahid en el Savoy. Eran dos tipos casi divinos.