Hace unos días este periódico recogía cómo era la vida diaria en la avenida de Quiroga Palacios y el barrio compostelano en que se encuentra, donde todo tipo de servicios escasean. Y es cierto, obviamente.
Pero la reflexión no debe centrarse ahí, porque resulta evidente, para empezar, que nadie abre una tienda y menos un banco va a abrir una sucursal en donde no existen posibilidades de negocio. O sea, de ganar dinero. Y como esto no es China (¡por suerte!) el resultado es el que es.
Porque la reflexión es justo la contraria: por qué en este país vamos siempre a la contra de lo que hace nuestro entorno. O sea, Europa. En todo, empezando por la salvajada de horarios que sufrimos aquí, con comidas a plato lleno a la una y media o dos, películas en la tele a las diez de la noche y jornadas de trabajo partidas que no rematan hasta las 8 en muchos casos. Una barbaridad sin parangón en el mundo. Como lo es que la administración eche el cierre a las 3 de la tarde.
Porque en el resto de Europa la zona de comercios, bancos y tiendas varias se encuentra en el centro de la localidad, y los barrios carecen por completo de esos servicios. Si la ciudad es grande suele haber un par de enclaves con cuatro o cinco pequeños comercios bien juntos y, si hay suerte, un cajero automático. El modelo de la urbanización orosina Porto Avieira (y otras en Teo y Ames) es justo el europeo: aquí se viene a vivir, a descansar, a dormir, y si quieres ir a un bar o a comprar un martillo te coges el autobús, coche o bicicleta y te haces tres kilómetros. Y ya sin hablar de que aquí bares, ferreterías o panaderías abren sus puertas ¡en los bajos de las viviendas y no en edificios aparte! Y así nos va.