Pedro Suárez


Antes las esquelas iban acompañadas de foto. No en todos los periódicos, pero sí en muchos. La razón estaba clara: el analfabetismo era mal colectivo, y solo viendo la foto uno podía decir «¡Anda, morreu Manolo o do Prado!». Ahora un par de diarios han intentado recuperar aquella costumbre.

Pero con foto o sin ella, la esquela, la «papeleta» como se llamó también, era la única referencia para saber que Manolo o do Prado no solo había fallecido, sino que también había vivido. Los periódicos, antes y ahora, solo daban necrológicas en el caso de personajes públicos, fuese Lola Flores o Chamoso Lamas, el excavador de la Catedral compostelana. A ellos hay que sumarles los que pierden la vida de manera sorprendente, y entonces el chico o la mujer dejan de ser anónimos para pasar al papel, porque los han matado, o han fracasado en una hazaña.

Del resto de la gente, ni una línea. Nacen, trabajan, viven y mueren. Lo de todos, vaya. Permanecerán en la memoria de sus familiares, y en unas pocas generaciones se habrá olvidado hasta su nombre.

Por eso quiero dejar aquí negro sobre blanco que Pedro Suárez ya no está. Que trabajó en Oroso durante muchos años, tanto en el servicio de obras como en Protección Civil. Que ayudó a mantener el Camino Inglés a su paso por ese municipio. Que, en fin, dos de los hijos del autor de estas líneas le estaban muy agradecidos por algo que no viene a cuento. Y que, para decirlo todo, jamás escuché una palabra negativa sobre él, un hombre siempre dispuesto a hacer lo mejor que sabía aquello que le encomendaban.

Pedro no pudo disfrutar nada de su jubilación. Esa fue la gran jugarreta que le hizo la vida. Pero conste: vivió. Que Deus o teña onde o ten.

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