Bibliotecas


El mundo de las bibliotecas siempre me ha parecido curioso, y es que existen grandes diferencias no solo en el tiempo, sino en las culturas. Por ejemplo, uno puede hablar y reír en sectores de las bibliotecas nórdicas, comer en su pequeño restaurante, encontrarse con gente, sentarse en el suelo sin protocolo… y nada de eso suele suceder por estos pagos.

Mis primeros recuerdos son de bibliotecas muy rígidas, severas, donde no se podía ni murmurar nada, auténticos cementerios vivientes. Quizás el revulsivo en Santiago haya sido la apertura de la Ánxel Casal (de su diseño con cristaleras infinitas y el sol pegando en ellas al ponerse mejor no hablar), con gente con mentalidad mucho más dinámica.

La semana pasada volví a la universitaria, por primera vez en decenios. No me admitieron, simplemente, porque no pertenezco a esa comunidad. Nada que objetar: son las normas. Unas normas que me sorprendieron, acostumbrado a lo contrario en otras bibliotecas de otros países. Es lo que hay. Sin embargo, no salí con buena imagen de allí. No por eso, en absoluto, sino porque me recordó de nuevo los cementerios: ni una mosca se oía. Nadie se movía.

De allí me fui a la Ánxel Casal. A medio camino entre la rigidez y el punto de encuentro que son estos establecimientos en, por ejemplo, Finlandia, donde abren los domingos para no estar en la calle a 15 bajo cero. El trato fue de matrícula de honor, con un funcionario (o lo que fuere) desviviéndose un buen rato para encontrar un ejemplar.

Pero lo más curioso es por qué ahora se utilizan tanto las bibliotecas en Santiago. Por lo que pude ver, los estudiantes no van a consultar. Van a estudiar. Y eso me deja más intrigado todavía.

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