Funcionarios

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

18 ene 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

No, no es cierto que tenga atravesados a los funcionarios. Para empezar, vivo con una y criamos tres hijos. Y no la tengo atravesada, claro. Tampoco me enerva que vivan de los impuestos de los que producimos -lógico, aquí y en Suecia-, pero sí que gocen de una legislación de lujo muy distinta de la mía. O sea, que además de pagarles su nómina tenga que pagarles extras: esas prebendas que bajo la denominación eufemística de fondo social o semejante permanecen en esa zona gris que el común de los mortales ignoramos. No los de la Xunta, por ejemplo, pero sí los de algunas diputaciones y los de algunos grandes ayuntamientos.

Se me atraganta también su régimen disciplinario (¿alguien conoce a algún funcionario que haya sido despedido excepto por causa criminal?). Y como en España no trabajamos ni cumplimos las normas de tráfico si no es bajo amenaza, en el reino del funcionariado los hay que se dejan la piel y los hay que, perdonen la expresión, la rascan pero poco. Y dejemos aparte por qué tiene que ser funcionario un profesor, por ejemplo, cuando en ningún país civilizado es tal cosa. Y ya no hablemos del control de entrada y salida.

Por eso, cuando me encuentro que mis asalariados -porque son mis asalariados, yo les pago- me reciben con una sonrisa y ves que se esfuerzan en su trabajo se me alegra el alma. Me pasó hace unos días en la Oficina de Emprego de Ordes: a las 9 en punto me cogieron el teléfono, me informaron con gran amabilidad, me recibieron luego con diligencia y me solucionaron lo que me tenían que solucionar. En el fondo no sé si estrictamente son funcionarias aquellas mujeres, pero sí trabajan para el Estado. Para mí. Y se ganan el sueldo. Hay esperanza.