¡Qué lugares!


El drama de supervivencia de la hostelería domina, con trazos muy gruesos y rotunda lógica, el relato de las consecuencias económicas de las restricciones aparejadas al combate contra la pandemia, en Galicia y en casi toda España. Los bares y restaurantes, en Santiago, no son solo esos lugares de encuentro social que llenan de vida las calles, como en otras ciudades -de ahí que los pongan en el centro de la diana y acaben pagando los platos rotos de la crisis sanitaria-, sino que son una máquina de crear empleo, subida como estaba la capital en la cresta de la ola turística, hasta que el tsunami del covid lo arrasó casi todo. Por eso las administraciones están obligadas a reaccionar con ayudas a la medida del sacrificio que les exigen y con toda la rapidez necesaria para que sea efectiva. Ya no es cuestión de fijar cifras, sino de priorizar hasta donde haga falta el sostenimiento de los negocios, de los trabajadores y sus familias, ahora atenazadas por el temor de no poder pagar sus facturas. Más que nunca, las personas, y no el cemento, tienen que ser las primeras destinatarias del dinero público, por puro estado de necesidad, y parece existir consenso político en torno a esta prioridad pero no tanto en las cifras. Como si el Concello tiene que destinar sus ocho millones de remanentes, por fin liberados. El perfil económico de la ciudad será distinto tras el covid, y hasta es posible que alguno de sus rasgos no solo se recupere sino que mejore, pero la hostelería no podrá faltar, como la actividad potente, empleadora, diversa, atractiva y sana que es.

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