El local de copas ya se adentró en el horario diurno antes de las restricciones
17 sep 2020 . Actualizado a las 09:22 h.En los años 90, coincidiendo con su polémica pero acertada peatonalización, el casco histórico de Santiago se transformó radicalmente. La zona vieja perdía población y el comercio tradicional empezaba a ceder ante el incipiente empuje del turismo que se asomaba en verano, pero salvo las principales arterias, las calles eran un erial diurno casi todo el año. De madrugada, en cambio, el tránsito empezó a ser notable, hasta diez veces superior en las rúas secundarias que acogían locales de copas de éxito, según los cálculos de los urbanistas y arquitectos que desde el Consorcio de Santiago trataban de darle sentido a la joya monumental.
La ciudad se fue transformando y casi tres décadas después, para bien o para mal, se le ha dado la vuelta al calcetín y es más fácil encontrar aglomeraciones ociosas diurnas que nocturnas. El imán de la Praza de Abastos ha sido decisivo para que una zona tomada históricamente por los mayores que acudían a la compra se haya convertido en uno de los espacios de mayor agitación de una adultez que ya solo sale con luz y que lo cuenta con orgullo, como un signo de madurez.
Después se sumaron otros nombres de prestigio, pero el Abastos 2.0 y el Café de Altamira pusieron las bases gastronómicas para animar las mañanas de los sábados, y el pub Chocolate colocó la guinda apostando por conciertos a la hora del vermú que se complementaron con sesiones musicales vespertinas. Con el estómago semilleno por las tapas y las cañas y vinos corriendo libremente a mediodía, se hizo difícil mandar a nadie para casa y en todo el entorno se consolidó un tardeo rabioso y divertido desconocido en Santiago hasta hace pocos años.
Estos días no es lo mismo, porque la distancia de seguridad y la criminalización de las barras como lugares sociales hacen que sea imposible y hasta ilegal reivindicar esos momentos de ocio, y las mesas de las terrazas solo son un apaño porque tienen sus anticiclones contados.
Por obligación
Pero si algo bueno puede dejar la pandemia y las restricciones que están asfixiando a la hostelería nocturna es, precisamente, ese cambio en las costumbres horarias al salir a ventilarse. Si esto dura, y tiene mala pinta, ese tiempo de ocio pautado por las distancias también acabará repercutiendo en la hora de los vinos y de las cenas, poniendo un poco de sensatez a esa manía difícilmente justificable de sentarnos en los restaurantes pasadas las once de la noche para levantarnos, literalmente, bien avanzado el día siguiente.
Las liadas de madrugada y los mañaneos se han acabado por un tiempo porque alguien ha decidido que después de la medianoche todo es un cachondeo sin control, lo que por una parte es cierto y, por otra, es exactamente de lo que se trataba. La noche no ha muerto, solo estaba tomando cañas. Así que, hasta nuevo aviso, viva el tardeo.