La vida sin wifi


Primero le quitaron la tilde a mi empresa de telefonía con la que crecí desde que era niño. Después hicieron caso omiso de casi un siglo de historia (¡fue creada en 1924!) y le cambiaron el nombre comercial. Y luego me quitaron la conexión a Internet sobre el 15 de agosto. En fin, la cosa parecía que se iba a arreglar recibiendo unas siempre amables instrucciones por el móvil.

En realidad, se medio arregló, porque siguió fallando el wifi. Nueva llamada y nuevo arreglo, y de esa manera hasta el 29 de agosto, sábado, cuando se murió del todo. El 31, también telefónicamente, otra amable especialista pidió papas: «Tiene que ir ahí un técnico». Y en esas estábamos justamente 11 días después: el firmante, sin wifi, y haciendo reclamación diaria de la que tomaban nota. La empresa, demostrando una falta de sensibilidad más grande que la catedral de Santiago, me concedió datos gratis una semana, y que me pague yo el resto de los días. Lo mismo para los otros tres móviles de mi casa.

Al final llegó un SMS de una empresa colaboradora con la mía a la que pago. La web a que remiten no funciona. El teléfono (¡12 llamadas!) tampoco, siempre sale una musiquita diciendo al cabo de un par de minutos que no tenía «caja de correo activa». Y se cortaba. Encima en el SMS tenían el valor de afirmar que estaban intentando localizarme, lo cual ya es ser osados. Y si cuela, cuela.

El viernes, al fin, me llamaron. Y un amable y a lo que se ve competente técnico -inocente del todo del desaguisado- arregló la desfeita en media hora. Y sí, esto me pasó a mí. Pero ¿seguro que nadie más se ve reflejado en estas líneas? Y mi mujer, con un pie en el despacho y otro en el teletrabajo. Quéjense del país.

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