La vuelta a la normalidad


Poco a poco, con el esfuerzo de algunos, vamos volviendo a la normalidad, y se disparan los contagios, y suben las personas ingresadas, y también los muertos, porque tal y como se comportan muchos, lo normal, lo que se dice normal, es que nos pase todo eso. Y mucho más. Así que ya queda menos para una vuelta plena a la normalidad, y para que pronto pasemos muchas más horas en casa y podamos salir a la ventana, todas las tardes, a aplaudir la entrega incondicional de nuestro heroico personal sanitario. Porque lo normal, tal y como van las cosas, es que nos vuelvan a encerrar, no sé si total o parcialmente. El brote de la discoteca de Córdoba se podría producir cualquier noche en un botellón del Campus, pero lo que revela inequívocamente el regreso a la normalidad es el esperpento del fútbol y su burbuja de privilegios, una corte dispuesta a preservar como sea su negocio aún a costa de la salud pública y de la viabilidad económica de otros muchos negocios. Lo del Fuenlabrada en A Coruña, más allá de lo deportivo, es de una gravedad extrema. No se trata de algo nuevo, porque teníamos la lección del partido del Atalanta en Valencia o del Atlético en Liverpool. Pero ni con esas. Al fútbol siempre lo rodean siniestros y oscuros personajes. Y esa aura divina de que resulta algo imprescindible en nuestras vidas. Luego están las terrazas y los chiringuitos de playa llenos, el metro en hora punta a rebosar en ciudades en las que se sospecha que hay transmisión comunitaria del virus, las fiestas de amigos. Y vendrán las restricciones, y eso sí, las quejas, como síntoma incontestable del regreso a nuestra normalidad.

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