Hoy es el día en que muchos padres e hijos, hermanos y amigos se podrán besar físicamente, en vez de enviar emojis de besos virtuales. Hoy es el día de cumplir promesas, la de reencontrarse, la de darse el calor que una videollamada no puede. Y hay ganas de achuchar, tras 86 días (cuando no más) separados por unas fronteras provinciales que hasta ahora parecían no existir. Otros, aprovecharán para ir a sus segundas residencias, ya sea la casa de la aldea -convertida en selva tropical, por una maleza que creció sin control en estos tres meses-; o al pisito de la playa. Toca dar un paso más hacia la ansiada normalidad, pero no está de más recordar que está en juego mucho, todo el esfuerzo hecho hasta ahora. ¿Se imaginan volver a empezar? Nadie quiere eso, pero no todos están siendo consecuentes.
«No va a pasar nada», decía el que se adelantó a la reapertura provincial para ir a su casita en el campo. «Aquí no le hacemos daño a nadie y vamos a estar mejor», alegaban. «No va a pasar nada», decía el que se saltó la prohibición para ir al banco, al supermercado o a la gasolinera que aún siendo la más cercana ya no pertenecía al territorio coruñés. «Como mucho, me ponen una multa», razonaban. Y hubo quien se libró, porque llegados a un punto era imposible controlar cada paso de frontera provincial. Ni siquiera hizo falta, en muchos casos, el rodeo por pistas. Ahora bien, ¿con qué autoridad moral pueden ellos señalar a madrileños, vascos o segovianos (por no personalizar) que se salten ahora la restricción autonómica para ver a su familia o ir a su segunda residencia? Arrieritos somos... y entre fronteras nos encontraremos.