Peatonalizar para caminar


Llama poderosamente la atención que una ciudad como Santiago, que no se entiende sin el Camino, viviese hasta hace muy poquito tiempo de espaldas a todo lo que tenga que ver con la peatonalización. La prohibición de paso de vehículos por el casco histórico llegó a la ciudad, no por el afán de convertir las piernas en el sistema más sano y barato para transportarse, sino porque había que proteger la esencia que define a Compostela, conocida en todo el mundo porque recibe cada año a un incontable número de personas que entran en la ciudad caminando.

La apertura de sendas verdes de los últimos años y el encierro de estas semanas pasadas hizo que nada más levantarse las medidas más rígidas del estado de alarma las calles y los parques se llenasen de amantes del paseo como mejor forma de echar fuera miedos y preocupaciones.

En una ciudad encajonada por cuatro carriles de carretera por Romero Donallo y la avenida de Lugo y los constantes problemas para aparcar, la realidad es tozuda y nos demuestra que no hemos tomado ejemplo, ni mucho menos inspiración, de los millones de caminantes que recibimos cada año.

La peatonalización de algunas calles durante los fines de semana, también en espacios con sobredosis de ladrillo y cemento como es O Milladoiro, puede ser la última oportunidad para pensar más en la zapatilla que en el embrague y recrearnos con todo lo bueno de nuestro entorno. También con lo más feo porque, visto de frente, es mucho más fácil que tomemos conciencia de que hay que cambiarlo.

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