Austrohúngaro


La primera vez que tuve conciencia del peso de la historia fue haciendo limpieza en el trastero con mi madre. Encontró los cuadernos de la escuela de su madre, mi adorada lala -así llamamos a los abuelos en mi familia materna-, y vi un mapa político coloreado por ella en el que aparecía una nación de la que no había oído hablar hasta ese momento: el Imperio austrohúngaro. Me di cuenta de que mi lala había nacido en un mundo que ya no existía y que había vivido las dos guerras mundiales y la Guerra Civil española. Yo había visto morir a Franco con tres añitos y en aquel momento era testigo, sin saberlo, de uno de los episodios más importantes de nuestra historia, la Transición, pero aquello me parecía que ni se acercaba a algo tan sonoro y lleno de romanticismo como un imperio extinguido. Cuando ya sí tuve la sensación de estar formando parte de la historia de la humanidad fue con la caída del muro de Berlín. Y también con el cambio de siglo, el euro y el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, pero nada de ello me parece comparable a una pandemia que ha obligado al planeta a confinarse, a detener las fábricas e hibernar la economía. No hemos salido de la crisis y el coronavirus sigue más que presente en nuestro día a día, pero ha salido el sol, podemos pasear y me he tomado mi primera caña en una terraza con un gran amigo que deja Santiago y al que voy a echar mucho de menos. El día que pueda contarles todo esto a mis nietos alucinarán. Verán recortes de periódico y fotos de gente con mascarillas por la calle y tendrán la misma eléctrica atracción por el pasado que el día en que yo descubrí el Imperio austrohúngaro.

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