Falsa seguridad


Tenía que acabar sucediendo. Al tedioso debate sobre el grado de eficacia real de los distintos medios de protección frente al covid le ha salido un agujero. Y es tan sonrojante como aquel tomate que de pequeños nos asomaba en el talón del calcetín a los más movidos. Tanto discutir sobre la conveniencia de ponerse los dichosos guantes de nitrilo hasta para calentar el desayuno y ahora resulta que su uso puede acarrear más inconvenientes que beneficios. La Organización Mundial de la Salud y el Ministerio de Sanidad ya están alertando de los riesgos de salir a la calle con las manos enfundadas, por la exposición de los guantes a agentes contaminantes que pueden convertirlos, en función del tiempo de uso, en un foco de contagio. Mucho más sensato es recrearse en el lavado compulsivo de manos. Es lo que los científicos llaman «falsa sensación de seguridad», el concepto más inquietante aportado por los expertos desde que descubrieron la existencia de pacientes asintomáticos.

Pues bien, esa pueril convicción de que armados con mascarilla y guantes somos invencibles es similar a la que podemos tener cuando decidimos sentarnos en una terraza. Porque es humano que, tras dos meses de clausura, nos apetezca respirar y coquetear con la idea de que volveremos a recuperar la sensación de libertad que brindan estas pequeñas cosas. Y ahí está el debate. ¿Ofrece más garantías un criterio basado en la sensatez o el que, buscando tal vez esa sensación de seguridad, extrema la separación entre mesas hasta hacer inviables las terrazas? Los científicos apuestan por el sentido común. Y son los únicos que de verdad saben de qué va todo esto.

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