Hogar de Belvís


Deshauciados, incorregibles e irrecuperables. Así eran y estaban la veintena de «transeúntes» establecidos en las calles de la ciudad desde hace un porrón de años. Y en esto llegó la pandemia desoladora y ¿quién nos lo iba a decir? Resulta que están irreconocibles tras su confinamiento en Belvís, no solo por su mejor aspecto, sino por su actitud de querer cambiar de vida y aprovechar esta oportunidad. Los profesionales y voluntarios que han trabajado con ellos, de Cáritas, Cruz Roja y otras organizaciones, conocen bien el trasunto de sus vidas, así como las extraordinarias dificultades para su redención. Esperemos que no sea flor de un día.

Los servicios sociales del Concello y las oenegés, que han hecho un extraordinario trabajo documentando y empadronando a nuestros callejeros, deberían atraparlos para siempre consiguiéndoles, con la ayuda de la propia sociedad santiaguesa, una ocupación o empleo que los asiente, estimule y obligue a mantenerse en su nueva vida. No es fácil ni difícil, es determinación por recorrer, juntos, el último tramo. Sería una desgracia que no cerremos el círculo entre todos. Y queden para el olvido aquellos episodios, tan desagradables como difíciles de manejar, con comerciantes y vecinos.

Seguro que recuerdan a Manuel Santillana, que tanto dio que hablar. A su ingreso en Psiquiatría en Santiago le siguió un internamiento en Ourense. Hoy está en Vigo en un piso tutelado, tratando de mantenerse en el camino de la vida y la lucidez. Un tipo que, una tarde, me desarmó con su retórica preñada de realismo ácido en una tertulia en la Cocina Económica. Así que aprovechemos el viento favorable que sopla desde Belvís y vayamos a por todas.

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