El confinamiento ha agudizado la inventiva, y en las imágenes que diariamente vemos nos llama la atención que el personal sanitario luzca gorros de colores. Ponen una nota alegre, al igual que muchas mascarillas personalizadas que se ven en el ya cada vez más libre caminar. Son muestras de que hay vida, de que aquí no se rinde nadie, de que volvemos a casa con la sonrisa.
Y últimamente han aparecido miles -o docenas de miles, o cientos de miles, o millones, no sé- de mascarillas con el logotipo de la Xunta. Que pagó, claro, la Xunta. O sea, todos. Y en la calle ha faltado tiempo para practicar el deporte favorito: criticar. Cierto, va a haber elecciones. Cierto, si me preguntaran a mí diría que mejor la bandera gallega, o quizás algo reconocible como la cara de Rosalía de Castro, qué sé yo. Pero no me preguntaron y ya está quien más y quien menos rumiando, que a ver cuánto ha costado, y si se dedicaran a trabajar en vez de a andar poniendo dibujitos…
Claro, si eso lo hubieran hecho los alemanes entonces callábamos. Fíjate tú cómo en la Europa avanzada hay sentido de pueblo y de unión, ¡hasta han puesto la bandera de su país o de su lander en las mascarillas! Porque resulta que esos detalles son los que crean ciudadanía o como quieran llamarle. Detalles que nos identifican no con el presidente Feijoo ni con el PP, sino con este país que es el nuestro. Porque la Xunta no es de nadie y es de todos, es nuestro gobierno, no pertenece a partido alguno. Y le voy a pedir a mi mujer, que trabaja en el Sergas, que pille una mascarilla de esas. Y en cuanto la tenga me voy a dar un garbeo por todos los sitios que las normas me permitan. Para presumir de mi tierra, qué caramba.