Cuando empezamos a ver las orejas al lobo, allá por el 16 de marzo, muchos terminaron comprando el termómetro que no tenían en casa para comprobar que su malestar no iba acompañado de fiebre y descartar un contagio por el covid-19. Habría sido fantástico que las boticas tuvieran también odiómetros, con los que medir el nivel de odio en sangre. La frustración de estar confinados, la angustia y la presión pueden ser bombas de relojería y disparar el mercurio del odio. Algunos lo pagan con los que tienen cerca, otros vierten graves acusaciones contra los políticos y hasta hay quien expulsa su malestar contra desconocidos. Basta con leer los comentarios en las redes sociales, que siempre fueron trinchera para haters y cazurros que teclean sin mirar atrás.
Hasta a la iniciativa más inocente y altruista se le saca punta. Se encuentran dobles y triples intenciones. Todo molesta. Por poner un par de ejemplos, hay quien criticó que los voluntarios de Protección Civil recorriesen la ciudad para felicitar a mayores y niños que pasan su cumpleaños aislados (algo que se suspendió, por cierto, por el «aumento da carga de traballo» y las prioridades siguen claras, por si quedaban dudas). Y si una confitería, pongamos Tábora, decide regalar un dulce a los niños en el primer día que pisan la calle después de seis semanas, saltan los que reprochan que den azúcar cuando salen para realizar actividad física o los que lo ven injusto porque a un kilómetro no podrán conseguirlo... ¡Pues mala suerte! Qué cruel es la vida, ¿no? (modo ironía). Y nadie obliga a ir a por el dulce, es opcional. Quizás ese odiómetro les abriría los ojos y, con suerte, se meterían en cama para que les baje la fiebre.