El día después


El confinamiento empieza a pasar factura. Los psicólogos constatan las dificultades para conciliar el sueño. Los endocrinos están recomendando suplementos de vitamina D. El teletrabajo ya mola menos que el trabajo a secas... Por no hablar de la saturación de un bombardeo de datos y de partes de bajas que nos tiene noqueados, porque su magnitud es tal que somos incapaces de digerirlas. Más que como los soldados disciplinados que no somos, acogimos el estado de alarma como el campamento de los niños que fuimos. Y nos hemos cansado de jugar a los boy scouts. Por eso, ahora que ya sabemos que las paredes de casa resistirán el soplido del lobo, nos desvela más el tamaño que está adquiriendo la bola de nieve que se nos viene encima en forma de crisis aplastante. Será porque nos hemos vuelto más prosaicos que estamos perdiendo aquella chispa poética de los primeros días. Hasta da la impresión de que en la liturgia de las 20.00 horas -esa magnífica válvula de escape emocional- los aplausos ya no resuenan como entonces.

Hacemos mal si no comparecemos a esa cita, porque los destinatarios de ese reconocimiento lo tienen bien merecido. Todos, aunque esta vez estoy pensando especialmente en los profesionales sanitarios. Pero haremos peor si, cuando estemos en disposición de aproximarnos a una cotidianidad que reconozcamos como similar a la que teníamos antes, los olvidamos. Olvidamos la labor que realizan y pasamos por alto las consecuencias de los recortes que van mermando el sistema y de contratos que se trocean por semanas, por días e incluso por horas. Hay que aplaudirles. Mucho y muy fuerte.

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