Mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a la calle. ¡Yo quiero salir! Esta frase que Lorca pone en la boca de Adela, la hija más pequeña de Bernarda Alba, se ha convertido en una alegoría de lo que será mi primer día libre de confinamiento, aunque esa libertad, como a infinitud de mortales, no me permita hacer lo que realmente me apetece: cambiar el verde de mi vestido por el verde que desde hace semanas disfrutan muchos animales mientras la humanidad está agazapada y temerosa.
Verde que te quiero verde, escribía también Lorca en uno de sus poemas. Un himno para las gentes de interior que en días tan extraños tenemos cierta ventaja sobre las personas que necesitan el mar para sentirse libres y que ahora no lo tienen a tiro.
El verde es el color de la primavera, una estación que tal y como se están poniendo las cosas ya damos por perdida, con el consuelo de pensar si en verano ya podremos pisar la playa con la ventaja de un alejamiento físico que siempre echo de menos tumbada en la arena.
Cuanto más tiempo pasa, más parece alejarse ese primer día de ensueño que será descafeinado porque las pocas cosas buenas que nos trajo la pandemia, como el aire limpio de las ciudades y la libertad sin miedo de muchos animales, enseguida volverá a formar parte del pasado.
Ese día llegará también acompañado de una catástrofe económica que asusta tanto como la pandemia y una tensión política que irá para largo y que prefiero no imaginar. De momento, solo pienso que me pondré mi vestido verde y me echaré a la calle. Y gritaré verde, que te quiero verde.
M